ROBERTO HERNÁNDEZ MONTOYA

Hay una mística de la infamia y la abyección. Hay seres que no se contentan con echar una que otra vaina, sino que se revuelcan en la ruina de su aldea o de la humanidad entera incluso. No son peores porque no hay más abajo. Atribuyen a Einstein la idea de que si matas a alguien eres criminal, si matas a mucha gente alcanzas el heroísmo, pero si matas a todo el mundo eres Dios. El espectáculo del envilecimiento puede ser deslumbrante. De otro modo no se explican personajes como el mariscal Philippe Pétain y M. Pierre Laval.

Este fue primero héroe socialista, pero pronto saltó la talanquera y terminó siendo primer ministro de su Francia durante la ocupación nazi. Solo fue superado por el mariscal Pétain, quien comenzó siendo héroe de la patria en la Primera Guerra Mundial para terminar siendo su presidente bajo la ocupación nazi, promoviendo y proclamando con orgullo la colaboración con la planta insolente del extranjero que profanaba el sagrado suelo de su patria. Abrieron nuevos horizontes al arte de la traición, con ensañamiento destructivo y, sobre todo, autodestructivo.

Charles de Gaulle hizo una magistral descripción de Laval: “Acostumbrado a abordar las cosas desde abajo, para Laval lo importante es, pase lo que pase, mantenerse en el poder. Pensaba que cierto grado de astucia domina siempre la coyuntura, que no hay tortilla que no pueda voltearse ni hombres que no sean manejables. Había percibido en el cataclismo el infortunio de su país, pero también la vocación de tomar las riendas y de aplicar a una vasta escala la capacidad que tenía de arreglárselas con lo que fuere. Pensaba que siempre era posible sacar partido de lo peor, hasta la servidumbre y asociarse incluso con el invasor, de obtener beneficio de la más atroz represión. Para cumplir su política renunció al honor del país, a la independencia del Estado, al orgullo nacional. Laval se la jugó y perdió, pero tuvo el coraje de responder por las consecuencias”. (Mémoires de guerre, tomo II).

Esa nobleza final lo condujo al paredón. La elasticidad infinita de la moral de Laval no lo salvó del naufragio y no gozó ni de la dulzura del cianuro, que estaba piche. No quería morir por balas francesas. En Venezuela no se mata legalmente a quien mata porque se impondría el asesinato como principio. No mataríamos ni a nuestro Laval.