El Che durante la celebración del Día del Trabajador en la plaza de la Revolución de La Habana, 1963

CIUDAD MCY.-En La Higuera sopla un viento frío y seco. El villorrio de unas 15 casas, con un puñado de habitantes, está ubicado en las estribaciones de los Andes, en Bolivia. El único camino de tierra se encuentra solitario, nadie puede ni siquiera asomarse por las rendijas de las ventanas mordidas por el tiempo aquel mediodía de sol que enceguece.

Ese lunes 9 de octubre de 1967, temblaron las enclenques paredes de bahareque del pueblo con el traqueteo de la carabina M1. Los zancudos y los chipos huyeron en aterradores nubarrones.

Aproximadamente a las 12:45, el sargento Mario Terán cumplió el triste papel de verdugo y disparó dos ráfagas contra el prisionero Ernesto “Che” Guevara, el mismo hombre que junto a Fidel Castro había combatido y derrocado la dictadura de Fulgencio Baptista en Cuba.

EL CHE EN BOLIVIA
Guevara llegó a Bolivia el 5 de noviembre de 1966. Durante los meses siguientes recorrió la jungla con 16 guerrilleros cada vez más cansados y hambrientos, acosados por un contingente militar de “Rangers” entrenados por la CIA para el rastreo y caza de los combatientes.

LA ÚLTIMA BATALLA
Este revolucionario libró su última batalla el 8 de octubre de 1967, cuando cientos de “Rangers” al mando del capitán Gary Prado lo cercaron en las inmediaciones del pueblo de La Higuera y derrotaron en el combate de Quebrada del Churo. El Che fue herido de bala en su pierna izquierda y tomado prisionero con el guerrillero Simeón Cuba Sarabia, alias “Willy”. Aquel día, cuando fue capturado, gritó a los soldados que le apuntaban: “¡No disparen. Yo soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto!”.

LA ÚLTIMA NOCHE DE GRILLOS
A eso de las 7:30 de la noche del día 8 de octubre, los militares lo llevaron hasta la pequeña y vieja casucha donde funcionaba la escuela del pueblo de La Higuera, que apenas tenía dos aulas. En una de ellas fue encerrado Simeón Cuba alias “Willy”, y en la otra el Che Guevara con los cadáveres de dos de sus compañeros.

Fue una noche de cuarto creciente, aletargada con el cricar de miles de grillos en la montaña. De la pierna herida del Che brotaba un hilo de sangre. Durante las siguientes horas, el subteniente Eduardo Huerta fue el encargado de custodiarlo. Al día siguiente, llegó en helicóptero el agente de la CIA Félix Ismael Rodríguez. El Che estaba extremadamente flaco, con el pelo descuidado y pronunciadas ojeras debido a que el asma le había impedido dormir.

ORDENAN ASESINARLO
A las 10:00 de la mañana del 9 de octubre, el agente de la CIA, Félix Rodríguez, recibió el mensaje enviado por los jefes del ejército boliviano: “Papi 600, nada de prisioneros”. “Papi” significaba “Che Guevara”, y “600”, que debía morir. Se acababa de dictar sentencia desde Estados Unidos pasando por La Paz.

A las 11:30 de la mañana, el coronel Joaquín Centeno hizo el primer intento de acabar con el Che. Para esto llamó al subteniente Eduardo Huerta. Sus órdenes fueron tajantes: “Han llegado órdenes del presidente René Barrientos de matar al Che”. Sin embargo, Huerta se negó a matarle.

¡PÓNGASE SERENO, USTED VA A MATAR A UN HOMBRE!
Ante la imposibilidad de convencer a Huerta, el coronel Centeno hizo llamar a siete combatientes, y pidió que diesen un paso al frente quienes estuvieran dispuestos a acabar con la vida del prisionero. Todos lo hicieron. De ellos seleccionó a dos: Bernardino Huanca, que debía asesinar a Simeón Cuba alias “Willy”, y Mario Terán Salazar, que debía dispararle a Guevara.

A las 12:45 entraron a los salones donde estaban los prisioneros y comenzó la ejecución. Huanca dio un puntapié a la puerta y sin mediar palabra apretó el gatillo y mató a Willy. Luego le tocó el turno a Terán, quien encontró al Che sentado. Al verlo le dijo: “Usted ha venido a matarme”. A Terán le temblaron las manos, a lo que aquel le increpó: “¡Póngase sereno, usted va a matar a un hombre!”.

Terán dio un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerró los ojos y disparó la primera ráfaga en las piernas de Guevara, quien se desplomó. Después salió y cerró la puerta pensando que el Che se desangraría. Sus superiores le obligaron a entrar de nuevo y dispararle otra ráfaga. El hombre disparó hasta alcanzar el brazo, el hombro y el disparo mortal se lo habría dado en el corazón el subteniente Carlos Pérez. Después expusieron su cadáver en la lavandería de la escuela.

EL TRISTE FINAL DE LOS ASESINOS
A Honorato Rojas, el campesino que condujo al Ejército hasta el sitio donde estaba la guerrilla, lo mataron con varios disparos en la cabeza. El 10 de octubre de 1970, el teniente coronel Eduardo Huerta, superior inmediato de Mario Terán, perdió la cabeza, decapitado, en un choque con un camión en la carretera entre Oruro y la Paz. Mientras que en Hamburgo encontró la muerte Roberto Quintanilla, el militar que habría propuesto cortar la cabeza y las manos como le pidió el presidente. Quintanilla, entonces cónsul de Bolivia, se tropezó con una mujer que le propinó tres tiros.

En 1973, Andrés Selich, quien habría dispuesto y ejecutado la desaparición del cadáver del Che, fue linchado por sus compañeros de armas. El coronel Joaquín Centeno, quien eligió a Mario Terán para que ejecutara al Che, fue ultimado en París en 1976.

El hijo de René Barrientos, César Barrientos Galindo, también cayó en desgracia porque terminó drogadicto y ladrón. Gary Prado terminó en silla de ruedas desde que una bala perdida terminara seccionándole la columna vertebral en 1981.

Adalberto Pérez Ramírez