Orlando Conde

La verdad es que, con todo el respeto, no soy muy partidario del término tolerancia para calificar esa aspiración que todas y todos tenemos por alcanzar la armonía, el diálogo, el debate en términos pacíficos. Tolerancia proviene del latín tolerantia que significa “cualidad de quien puede aguantar, soportar o aceptar” y, en tal sentido, puede proyectarse como un acto de resignación, de aceptar lo que no se quiere, cuando lo que buscamos es la incorporación activa, sensata, productiva, ingeniosa, protagónica del adversario. Es decir, no es que debo “aguantar” a quien esgrime el planteamiento y/o la conducta opositora a mis ideas, sino más bien debo integrarlo de manera muy amplia, abierta, positiva al escenario donde ambas ideas tengan protagonización, hasta donde sea posible. Entonces, hablemos de integración. Nada malo ¿verdad?

A propósito de la Ley Contra el Odio, la Intolerancia y por la Convivencia Pacífica que actualmente se discute en la instancia plenipotenciaria de la Constituyente, importa extender y abordar toda una reflexión en torno al tema que, indiscutiblemente, se inscribe en el marco de los particulares que más preocupan a la ciudadanía, puesto que se trata de garantizar, en una medida importante, la avenencia dentro de un clima de paz y entendimiento, dentro del cual se puedan debatir las diferencias sin necesidad de acudir a elementos que violencia.

¿Bastará, entonces, la sanción definitiva de la ley en referencia para garantizar esa atmósfera de intercambio pacífico que apuesta toda la ciudadanía? La respuesta intenta acercarnos a la responsabilidad de entender que solo con la participación protagónica de todos los sectores -partidarios y adversarios a lo que sea- será posible la plataforma de paz que se construya como la mayor fortaleza para el diálogo constructivo, lo que, a mi modo de ver, se alcanza con la integración sincera de la diversidad de ideas, a partir del ejercicio de la cooperación, la solidaridad, la concurrencia y la corresponsabilidad, principios consagrados muy claramente en el artículo 4 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Es decir, la idea es incorporar a todos, el que coincida y no coincida, situación que trasluce un valor ético, no sólo para el sector que liderice el marco político de la sociedad, en atención al resultado mayoritario que favorezca a una determinada línea partidista, sino también significa un valor de alto compromiso ético para la esfera opositora, todo en favor de la sociedad que queremos construir basada en el bien común, el mayor bienestar para las ciudadanas y ciudadanos.

Se me ocurre, partiendo de esa idea -irrefutable, a mi parecer- que la integración de la que hablo y que recoge con mayor claridad y fuerza la postura reflejada en esta reflexión se alcanza con la ayuda, entre otras disciplinas, de las Relaciones Públicas en tanto que se trata de arte y ciencia que se desarrolla con el ejercicio de la bidireccionalidad, atendida dentro de todo proceso comunicacional, de manera que no tiene sentido alguno hablar de interacción, participación, diálogo y convivencia sin el protagonismo del público, sin esa valiosa devolución de la ciudadanía, elemento que es incorporado en todas las definiciones ensayadas por estudiosos infatigables de las Relaciones Públicas y su ejercicio en el proscenio de las organizaciones.

Entonces, Ley para la Integración y por la Convivencia Pacífica como lo manda el ejercicio de las Relaciones Públicas en el mundo.