OLDMAN BOTELLO

El 20 de diciembre de 1901, comenzando el siglo XX, el general Luciano Mendoza, presidente del estado Aragua, traicionó ahora al Gobierno del general Castro, que lo liberó de donde lo tenía preso el general Andrade, se llevó la capital a Villa de Cura, declarado en rebeldía en los comienzos de la llamada “Revolución Libertadora”, conflagración militar que ensangrentó nuevamente el país y esta vez con el apoyo total de compañías extranjeras que intentaban derribar al castrismo.

El general Castro, convaleciente de la fractura de la pierna por la caída del caballo en la batalla de Tocuyito en octubre de 1899, envió en campaña al vicepresidente, general Juan Vicente Gómez con los más bravos oficiales tachirenses y de otras regiones. Llegaron a Cagua, que habían tomado los revolucionarios encabezados por el coronel Antonio Martínez Sánchez, con parientes en esa ciudad, y luego siguieron a todo escape a Villa de Cura, Mendoza y su gente.

El primer encuentro de las fuerzas del gobierno contra los revolucionarios o “patalisas” lo tuvo la caballería con la vanguardia de Mendoza apostada en la sabana de Casablanca, una finca aún existente. Fue un escarceo nada más y prosiguieron su huída a La Villa. El general Gómez envió a dos pelotones por la serranía, ascendieron al cerro de La Iguana o de Los Chivos, al norte de la ciudad por donde no los esperaría tan rápido el general Mendoza, quien se refocilaba en un chinchorro colgado en los árboles de la plaza Miranda, fumándose una tranca de tabaco. Hasta que alguien le informó que el Gobierno bajaba por el cerro echando plomo y debió levantar el campamento con la urgencia del caso, vía a San Juan de los Morros.

Nos contaba con Eligio Arocha en 1975, que él fue testigo ocular muy joven de esos sucesos. Cuando el general Matías Caracas, de Las Mercedes de Villa de Cura, observó que las banderas del Gobierno y de la Revolución eran blancas, desistió de tomar partido por alguna de las dos y se limitó a expresar con un mohín de cara: “Tigre no come tigre”. Y se fue para su casa. Aquello fue un desorden en la plaza. Se desorganizaron las fuerzas sediciosas que atropelladamente marcharon hacia San Juan de los Morros. La idea del general Gómez era atacar la ciudad por el centro y el flanco izquierdo y cerrar el paso de los que huían en la entrada del pueblo, antes de llegar a Montero, pero no fue posible que llegaran a tiempo del escape.

El general Gómez entró con su cuerpo de ayudantes a todo galope hasta la plaza Miranda y allí salió a encontrarlo su amigo don Juan Carabaño Gorrondona –hermano de Rafael María Carabaño– quien vivía frente a la plaza, lo invitó a pasar adelante y tomándose una taza de café le explicó todo lo que había ocurrido con Mendoza en esa plaza. En esta escaramuza resultó herido leve el general y poeta guayanés o amazonense Abelardo Gorrochotegui.

Hubo muchos muertos entre los que fueron escogidos para tratar de contener momentáneamente a las fuerzas del Gobierno a la salida de Villa de Cura. Otro encuentro fuerte lo tuvieron en La Puerta, donde intervino la artillería. El general Secundino Torres, tachirense de averías, y el doctor Luis Godoy Fonseca (abuelo del recordado doctor José Casanova Godoy) fueron destinados por el general Gómez para perseguir a Mendoza que nuevamente fue derrotado cuando pretendía marchar hacia Calabozo, pero ante el empuje de las fuerzas al mando del general Gómez, tuvo que tomar los cerros para salir a Carabobo y Cojedes por el norte de San Francisco de Tiznados, Cantagallo y otros sectores de la actual parroquia San Lorenzo de Tiznados, donde fue varias veces derrotado. Esta primera campaña de la Revolución fue un mar de sangre y escapadas. A Antonio Fernández, otro derrotado en La Puerta lo despojaron de su hermoso caballo y se fue a pie por los breñales y perdió hasta la espada, que había pertenecido al mariscal Juan Crisóstomo Falcón; fue entregada al general Gómez quien cuando fue jefe del Estado, la colgó en su habitación y dijo con testigos que colgaba la espada y aspiraba a no tomarla nuevamente por otra guerra en Venezuela. Y no lo hizo. No hubo más guerras en Venezuela porque las acabó él en Ciudad Bolívar en julio de 1903. Esta espada la tuvimos en nuestras manos cuando nos la mostró don Florencio Gómez y hoy en poder de sus descendientes.

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