Eleazar Marín considera que el escritor sirve para brindarle al lector una comprensión mayor del mundo

CIUDAD MCY.-Se considera “birregional” de nacimiento porque vino al mundo en el pueblo de Irapa, estado Sucre, península de Paria, pero lo trajeron en brazos a la ciudad de Maracay, “creo de seis o siete meses de nacido”, confesó Eleazar Marín (1959), quien agregó, además, que su afición por la lectura proviene de las novelas de vaqueros, que más tarde le tendieron un puente hacia otros autores, como García Márquez, Hermann Hesse, Ernesto Sábato y Francisco Massiani.

— ¿Cuándo comienzas a escribir relatos y poesía?
—El inicio más fuerte fue con la narrativa. Empecé a hacer unos trabajos que al principio se me parecían mucho al autor de uno de los primeros libros que leí: La metamorfosis, de Franz Kafka. Uno de mis trabajos iniciales tenía esa especie de ribete de alucinación, muy parecido a esa pesadilla de Gregorio Samsa. Yo andaba buscando una manera propia de decirlo, entonces me fui encontrando con otros autores que me ayudaron a entender.

— ¿Has participado en algún taller literario?
—Básicamente, los talleres nuestros han sido talleres callejeros. Yo creo que con las horas de conversación con Jaime Betancourt, las discusiones con Jesús Liendo, las bravatas con Erasmo Fernández, los intercambios con amigos a través de la prensa, por textos publicados, y una jornada de trabajo con Agustina Ramos en una página que produjimos, llamada Alcantarilla, no hicieron falta más talleres, nunca me inscribí formalmente en ninguno porque no le hallaba sentido.

— ¿Crees que los talleres de literatura son fábricas de escritores?

—No, los talleres deben servir, en todo caso, para orientar de una u otra manera alguna vocación, pero el miedo que yo le tengo a los talleres es que los talleristas se parezcan tanto al facilitador y que éste se convierta en una especie de quemador de CDs, donde todos los muchachos van a aprender a escribir como lo hace el gurú.

— ¿Cuáles temas te motivan a escribir?
—A mí me sucede algo, no sé si le pasa a otros: yo no prefiguro los temas, no tengo temas preferidos, sino que a veces me caen del cielo o del suelo, o tal vez rebotan y me golpean. Si una idea me gusta, empiezo a caminarla en el cerebro y en la calle.

— ¿En cuál género literario te sientes más a gusto?
—Así como te digo que los temas me llegan solos, las necesidades también. He desarrollado algunos trabajos de dramaturgia, pero las expresiones donde me siento más cómodo son la poesía y la narrativa.

— ¿Cuál es la función del escritor?
—Creo que sirve para brindarle al lector una comprensión mayor del mundo donde estamos, porque vivimos rodeados de interrogantes, de necesidades, y escribir —para mí— es un acto de sentirme libre, me siento solo y lo único que me domina son aquellos fantasmas que yo trato de llevar hacia un final o el verso que hay que cerrar para concluir un poema, pero creo que escribo para tratar de sentirme bien, para tratar de despejarme, dispersarme del mundo, que es bien pesado. La palabra tiene el poder de producir grandes cambios y la tarea de un escritor tiene que ser escribir para sentirse liberado del mundo y tener más capacidad de respuesta frente a él y en esa medida coadyuvar a que la gente pueda visualizar con mayor claridad el tiempo que le toca vivir.

RAFAEL ORTEGA