Santiago Díaz

Es lógico que si tu alianza política es un desastre, tus líderes son terribles y tus planes para el país, si llegaras a gobernar, son inconfesables o inexistentes, prefieras aferrarte a generalidades cuando te pregunten quién eres y qué quieres hacer, y te limites a señalar los problemas que derivan de la grave crisis que estamos transitando. Y sí, además, tienes cómo agudizar esa crisis –y miren que a esta gente no les faltan herramientas para ello–, entonces aprietas y aprietas hasta que la gente, como en 2015, voltee a verte a ti para que les soluciones los problemas.

Cabe preguntarse si esto les va a funcionar otra vez en el futuro cercano. Lo primero, obviamente, es ver si se aguantan las ganas de retomar la guarimba. Conociendo a los elementos que hacen vida en ese charquito, no es difícil imaginar que muchos de ellos están apurruñando el abdomen para resistir las ganas de volver a llamar a la calle y más calle. Pero, aunque logren evitar la tentación de la violencia y lleguen más o menos unidos a las elecciones del año que viene –las del 10 de diciembre de este año ya son un trago amargo por el cual decidieron pasar sin pena ni gloria– todavía hay elementos que no han logrado pulir y vicios que incluso en sus bases vuelven a surgir.

La semana pasada estaba en la cola de un mercado de vegetales, de esos que pasan una vez a la semana por varias urbanizaciones del este. Que en frente me tocara un club se señoras que eligieran la queja como tema de conversación, hasta cierto punto, era de esperarse. La situación no es fácil y se entiende que algunas personas quieran desahogarse con otras. El problema fue que estas señoras, tal vez por ser muy de clase media, llevaron la conversación a rincones particularmente oscuros.

Una cosa es quejarte por el precio de la comida o, incluso, recordar con nostalgia los gustos que hasta hace unos años podías darte y que ahora no te puedes dar, y otra es decir que tienes que comprarle los zapatos de la mejor marca a tu hijo porque él quiere jugar fútbol, y si no le compras esos zapatos, el chamito va a terminar abandonando el fútbol y fumando piedra. Además, a las señoras no les tomó ni diez minutos caer en los peores clichés fachorros, desde que Chávez les dio demasiados derechos a los conserjes de los edificios hasta llamar flojos y mantenidos a los pobres porque el bono navideño del Carnet de la Patria y bla, bla, bla.

La trampa histórica que la oposición se puso a sí misma es que ese asqueroso discurso que ellos sembraron entre sus bases espanta cualquier posibilidad de voto duro entre las clases populares. Y los pobres, como dice la canción del hoy constituyente Gino González, son los que deciden el Gobierno que a ellos les cuadre.

@letradirectasd