OLDMAN BOTELLO

Se consiguió bien lejos, en Corea del Sur, la designación de los cantos de ordeño y de arreo tanto de Venezuela como de Colombia, como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, en reunión internacional de la Unesco. Fue una labor de equipo de funcionarios, tanto antropólogos como etnólogos del Instituto para la Diversidad Cultural de Caracas que dirige Benito Irady. Ese grupo nos solicitó para colaborar en el suministro de nombres de personas que en el Llano de Guárico y Apure ejercieran el oficio de ordeñadores y de arreadores y que cantaran los versos necesarios durante el trabajo; así entrevistamos en Parapara a dos hombres de campo, Perucho Seijas, quien también era cantador de velorios de cruz y de muchacho hacía de ordeñador cantando con su voz de tenor; y a Jesús Torres, ordeñador desde niño. Lo escuchamos cantar a las vacas en la finca del Chingo Ramón. Don Jesús Torres fallecido hace dos años, nos manifestó que a la vaca se le cantaba para darle confianza y para que afloje la ubre y salga la leche. En igual sentido se pronunció el catire Perucho Seijas, de antiguas familias parapareñas que llegaron a Paya Arriba antes de fundarse el pueblo, en el siglo XVII.

Posteriormente, pasamos Ortiz y en compañía del Cronista local profesor Fernando Rodríguez, fuimos a la finca La Ceiba, en Cumbito, vía Mesa de Paya, antiguo camino para ir a Calabozo antes de la actual carretera. Allí conversamos con Encarnación (Cana) Vilera, condueño de la propiedad y quien nos habló acerca del tema y consiguió a dos cantadores más que proporcionaron el material a la comisión que posteriormente vendría de Caracas a entrevistarlos y grabarlos; fueron ellos Remigio Tovar, que está en Corea del Sur e hizo la demostración ante el exigente jurado y Nelson Díaz. Todo ese material fue exhibido en Corea y sirvió de apoyo a la proposición conjunta de Venezuela y Colombia. Luego, los antropólogos y cineastas pasaron a Apure y a Barinas y Portuguesa en pos de otros cantadores de arreo y de ordeño. Quedaron satisfechos de lo realizado como nos lo comunicaron después.

Son una tradición inmemorial de los llanos estas manifestaciones populares. Una vez le escuchamos en su casa de San Fernando al Indio Figueredo, el famoso arpista cunavichero nacido en 1899, unos cantos de ordeño que él interpretaba de muchacho en el trabajo de llano. “Pañuelito, Pañuelito, Pañuelito/Ayer tarde estaba yo/ parado en tu lavandero/ hasta que el agua me dijo/quita de aquí majadero; Pañuelo/ si te duele la cabeza/amárrate mi pañuelo/que este pañuelo lo llaman/ quita amor y da consuelo”. La vaca se llamaba Pañuelo. Quizá sea la misma que nos comentó una vez, siempre en San Fernando, que era una vaca que daba tres baldes de leche, una clásica exageración suya que rubricaba con una carcajada. Y esta otra para Paoeña: “A mí me llaman Paoeño/ pero yo no soy del Pao/ yo tengo mi fe de bautismo/ en San José de Tiznao/ Arrímate pa’la puerta/ esta viejita Paoeña/ ya te voy a complacer/ te voy a echar el becerro”. Es un axioma de la vida del ordeñador que el becerro no puede estar cerca de su madre porque busca mamar, importunando al ordeñador. Contaba el guariqueño de El Sombrero Ricardo Montilla, exministro, exgobernador de Guárico y Apure, que leyó la primera edición de Doña Bárbara en 1929 y allí había un capítulo donde el becerro estaba al pie de la vaca al momento del ordeño. Cuando vio a su maestro Gallegos le dijo: “Maestro, quítele ese becerro a la vaca y amárrelo, porque se la mama”. Gallegos corrigió el error para la segunda edición de la editorial Araluce. Claro, como el escritor no era hombre de llano desconocía esta norma.

Entre el ordeñador y la vaca surge una compenetración interesante. Cuando aquel llama a la vaca por su nombre, ella acude presta y va directo al hombre a quien conoce porque regularmente es el mismo que hace el trabajo de extraerle la leche. Solo después que ha llenado el balde es cuando trae al becerro para que mame de su madre que mueve contenta el rabo. En cuanto a los cantos de arreo, tenemos recuerdos de nuestra bisabuela misia Pepita Peña de Martínez (nació en Villa de Cura en 1879 y murió a los 92 años en 1960), quien siendo niños nos relataba cómo se alegraban las costureras cuando al pie del cerro de La Iguana o El Vigía, se escuchaba el canto de los arreadores que venían de Apure o del Guárico, porque ellos, mientras el ganado bebía agua y comía algo de pasto en la sabana, venían a las casas de las costureras como mi bisabuela y Petra Fernández o Petra la Sastra, de Altagracia de Orituco, ahijada que fue del general Cipriano Castro, a elaborar pantalones, camisas o largos calzoncillos de crehuela que llegaban hasta las rodillas. Luego seguían para los potreros o la empresa de carnes del General Gómez en Maracay y a la vuelta retiraban el trabajo del cual ya habían cancelado la mitad.

Simón Díaz, Morella Muñoz, el Indio Figueredo, su hijo Elix Figueredo y otros cantadores interpretaron cantos de ordeño y de arreo. Felicidades a Remigio Tovar, que nunca soñó andar en estos bretes y menos ir a Corea acompañando a su colega profesional del canto, el barinés Vidal Colmenares. De La Ceiba de Cumbito a Seúl. Cuánto nos honramos de haber sido partícipes de este hecho cultural tan nuestro.

Estas costumbres se han ido perdiendo. Ahora el ordeño es impersonal en las grandes fincas con sus modernas ordeñadoras automáticas. Pero ya no se pierden, porque ahora son Patrimonio Inmaterial de la Humanidad al lado de tantas manifestaciones populares del mundo.

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