FREDDY FERNÁNDEZ

Un señor se queja del precio en la bodega y otro, que traga una malta y un pepito, responde: “¿No querían patria? Ahí tienen su patria”. El chupa pepitos agrega una serie de insultos antes de concluir que tiene con qué pagar porque él si trabaja y no está esperando a que le dé nada el Gobierno. Nadie responde nada. El dueño de la bodega hace unos gestos de tímido apoyo y los demás seguimos en nuestras cosas. No sé cuántos compartían conmigo la sensación de haber sido agredido. Este hecho tuvo lugar en Caracas, pocos días después de las elecciones de gobernadores, quizá dos o tres semanas antes de las municipales, pero es un comportamiento opositor que lleva más de 10 años. El mecanismo es sencillo. Cuando uno de estos señores tiene ante sí a otras personas, vomita una serie de acusaciones, insultos y descalificaciones contra el chavismo. Es un comportamiento que pudre la atmósfera de cualquier hora, en cualquier parte y que, en general, no reúne apoyos. La mayoría de los presentes se queda en silencio. Supongo que los chavistas hemos aprendido a no responder frente a estas agresiones gratuitas. La vesania que percibimos en la mirada de quien vomita su carga de agravios nos dicta la certidumbre de que no existe ninguna posibilidad de intercambio o debate. De esta manera en Venezuela ocurre un fenómeno político extraño.

El chavismo, sin duda la fuerza ideológica y cultural dominante, es un movimiento discriminado y asediado por una minoría política que siente tener derecho a dirigir el país sin importar los datos electorales que una y otra vez aporta el ejercicio de la democracia. La potencia de este sentimiento de posesión del país es tan enorme que parecen dispuestos a propiciar una intervención militar extrajera, sin importar la devastación que produzca ni el hecho de convertirse en simples servidores de una potencia extranjera.

En verdad, quienes así actúan, no aportan nada nuevo al hecho político venezolano. Reiteran solo su vieja costumbre de no reconocer a los sectores populares como sujetos de derecho político, como ciudadanos plenos. Sus insultos se dirigen a un otro a quien no reconocen.

De esto nos hablaba en los años 90 el padre Arturo Sosa, cuando nos contaba que teníamos en Venezuela un régimen de “apartheid social”. Lo que presenciamos ahora, y más después de la victoria popular del 10-D, es su impotente deseo de retorno.