***Homenaje a Ana Enriqueta Terán: Su vida, un poema

CIUDAD MCY.-¡Qué hermoso valle!, cuentan que le dijo el Cacique Murachí a sus pares Jaruma y Pitijoc, cuando planificaban la defensa de la nación Cuica, ante la amenaza del invasor peninsular.

-Lo tenemos todo- le respondió Jaruma, hijo de la diosa Icaque y del Padre Ches.

Con las verdes praderas de ese paradisíaco valle se extasió el Libertador Simón Bolívar, cuando iba camino a Carmania a redactar el Decreto de Guerra a Muerte.

En esa meseta, convertida en la ciudad de Valera, nació Ana Enriqueta Terán, el 4 de mayo de 1918. Rodeada de malabares y hortensias en la inmensidad del cañameral. Nació con la pureza de una “azucena sin mancha, flor sin espina”.

Y es que en nuestro terruño valerano se entierran botijas con ecos de pájaro. Pasan tortolitas en legiones pastoriles cuando la tribu dormita en la urdimbre del verso. Ciudad de poetas y de poemas.

Su padre, Manuel Terán Labastida, descendía de una estirpe de trujillanos con gran abolengo. Exitoso productor de caña de azúcar y otros rubros agrícolas. Heredero de protagonistas en la gesta emancipadora y en las refriegas entre “Ponchos y Lagartijos”.

Rosa Madrid Terán, su progenitora, nieta del maestro Manuel María Carrasquero, bebía en la savia de la intelectualidad valerana.

El hogar de Ana Enriqueta fue la escuela primigenia donde aprendió las primeras letras. Las ilustradas conversaciones hogareñas fueron grabándose en su portentosa memoria.

Ana Enriqueta fue trotamundos desde temprana edad. Puerto Cabello, Valencia, Morrocoy, Margarita, Caracas y Jajó cobijaron su sensible humanidad. El Río de la Plata y el Paraná también ofrecieron caudales para que desplegara su imaginación.

Razones políticas y familiares la llevarían a remontar lejanos caminos.

En sus alforjas literarias viaja la bohonomía de nuestros paisanos y el carácter bucólico de la Ciudad de las Siete Colinas. En su mente, pletórica de sueños, recuerdos de la patria chica irán nutriendo su quehacer poético.

UNA EXCELSA OBRA POÉTICA
Ana Enriqueta Terán maceró su devoción literaria desde temprana edad. Andrés Eloy Blanco afirmó que la había “descubierto” en 1931, cuando tenía trece años.

Su excelsa obra poética se plasma -con elevada palabra- en sus libros: Al norte de la sangre (1946); Verdor secreto (1949), Presencia terrena (1949), Testimonio (1954); De bosque a bosque (1970), Libro de los oficios (1975), Música con pie de salmo (1985), Casa de hablas (1991); Albatros (1992); Construcciones sobre basamentos de niebla (2006) y Autobiografía (2007).

La lírica deslumbrante de Ana Enriqueta ha despertado el interés de innúmeros críticos literarios y cultores del verbo que, con robusta enjundia, han descifrado sus luminosos decires.

La gran poetiza uruguaya Juana de Ibarbourou sentenció que la de Ana Enriqueta es una “Poesía de soledad, del tiempo, de los elementos y la trepidación interior; poesía que va de la fragancia de la infancia, del aroma de las rosas y el jardín, de la flor lejana en el aire leve, hasta las herméticas habitaciones de Dios”.

Y al hablar de su poesía, el polifacético artista chileno Dámaso Ogaz pinta la arquitectónica relación que existe entre el ser y el mar. Del agua, como “nostalgia imprecisable”. Los suyos son cantos celebratorios. Cantos de naufragio interior. Su iluminación nace del agua, que tiene un papel esencial en su obra.

Su paisano y el mío, Antonio Pérez Carmona, ha reverenciado la lírica vivencial de Ana Enriqueta en su ensayo Viaje por la poesía venezolana y el orbitar universal.

El bardo medialunero ha afirmado que es una poeta que trasciende los tiempos, que fragua una “extraña” poesía donde el mundo circundante se amalgama en la interioridad de la existencia humana.

Patricia Guzmán, una de sus más reputadas prologuistas, la vislumbra como alquimista de la palabra que, con las sinuosidades de la más elevada espiritualidad, esculpe el verso a fuerza de la sapiencia de la razón y el palpitar del corazón: “Ana Enriqueta Terán traspasa el brillo del idioma, el oro de las formas. Se desglosa en pálpitos de Principio y de Final, se escinde tal ave sagrada y acrecienta la altura de su ya alta poesía”.

JORGE VALERO/COLABORADOR