JOSÉ GREGORIO LINARES

Según la cinematografía, cuando los judíos fueron asediados progresivamente con medidas punitivas por el nazismo no opusieron resistencia a las disposiciones que contra ellos se tomaban.

Dócilmente se sometían a las humillaciones que les infligían y acataban las prohibiciones que les imponían. Un día les ordenan cubrir sus cabezas con sombreros rojos para ser fácilmente identificados y al día siguiente una multitud de personas con sombreros rojos caminaba temerosa por las calles. Luego se les prohíbe estudiar en las instituciones públicas y ejercer la profesión de abogado, médico o docente. Más tarde les prohibieron ser atendidos en los centros de salud, enrolarse en el ejército, hacer uso del transporte público, afiliarse a los clubes. Después se les prohibió elegir o ser elegidos y ocupar cargos públicos. Llegó el momento cuando no se les permitió asistir a los teatros, cines y salas de conciertos, moverse libremente de un lugar a otro del país, usar los ascensores, bañarse en las piscinas, adquirir licencias de conducir, comer en los restaurantes.

Los judíos acataban las órdenes sin chistar. Cada día les hacían la vida más insoportable, pero ellos, aunque murmuraban, aceptaban resignadamente lo que se les exigía. Hubieran podido organizarse y luchar; pero no lo hicieron. No se defendieron ni organizaron la resistencia y mucho menos la contraofensiva. Permanecieron pasivos. Era mucho lo que hubieran podido hacer si hubiesen actuado. Pero una suerte de inmovilidad se apoderó de ellos. Cuando los sacaron de sus casas, les arrebataron sus bienes, los apresaron y los condujeron a los campos de concentración, mansamente iba uno detrás del otro rumbo al matadero. En el momento faltó indignación, coraje y espíritu de lucha para enfrentar el acoso sistemático del enemigo. Después fue tarde.

Algo similar está ocurriendo en Venezuela. Las corporaciones comerciales han ido acorralando paulatinamente al pueblo venezolano con medidas que lo afectan: acaparamiento de víveres, desabastecimiento, contrabando de extracción, usura desenfrenada, hiperinflación inducida, cartelización de los precios, etc. Sin embargo, el pueblo no actúa. Se moviliza política y electoralmente, pero no se organiza para enfrentar el asedio económico. Entonces los enemigos se percatan de nuestra inactividad y avanzan. Un día deciden ponernos a hacer largas colas para que podamos adquirir los productos que necesitamos. Vender la mercancía es lo menos que les importa. Su propósito es quebrar la moral, destruir la autoestima, debilitar las fuerzas del pueblo venezolano.

Entonces, el pueblo de Bolívar, que le dio la libertad a medio continente a costa de vencer grandes desafíos, se humilla y obedece. Hace la cola y tolera los agravios. Pudiera, por lo menos, practicar la resistencia civil, organizar el boicot, hacer respetar sus derechos; pero hace la cola y compra al precio que los consorcios fijan. Pero que nadie se equivoque: más temprano que tarde aflorará el brío y la rabia acumulados. No nos dejaremos llevar al matadero. Haremos justicia.

No habrá compasión con los que se alimentan con la sangre del pueblo. Nunca más se burlarán de nosotros. ¡Después no digan que no se los advertimos!