ANA CRISTINA BRACHO

¿Usted se imagina que con base al historial de las páginas que visita en Internet alguien considere que usted es un terrorista? Sí, a usted. Usted que nunca ha matado una mosca, que no ha cambiado de religión y que tiene un puesto respetable en la empresa para la que trabaja. Pues eso ocurre todos los días en estos tiempos en los que el terrorismo es considerado “la mayor amenaza para los Derechos Humanos y la conservación de las sociedades actuales”.

La lucha contra el terrorismo es un asunto mayor para Naciones Unidas que mantiene una alerta desde el 11 de septiembre de 2001 y que ha merecido en España, en Alemania y en Francia la modificación sustancial de sus normas jurídicas. Se trata de una caza al terrorismo, de un estado de paranoia permanente que debería evitar que estos actos ocurran.

¿Qué actos? Los coche-bomba, las ráfagas de armas de fuego en los conciertos, los atropellamientos masivos en las plazas públicas, las detonaciones en las vías del metro y en los aeropuertos. Es la misma simple razón por la que usted no podrá abordar un avión con un frasco de acetona o con el jabón que le había prometido a su mamá.

Pero el problema está en quiénes son terroristas. Un árabe o un hijo de un árabe en este momento es un potencial terrorista si entra en esas páginas web desde algún país europeo. Un señor blanco, de apellido inglés que a sus 49 años abra fuego en un concierto seguramente estará atravesando una crisis de la mediana edad y el que queme a un hombre vivo, bombardee un preescolar o genere un accidente en los que mueran niños y mujeres, en Irán, Rusia o en Venezuela será un potencial héroe.

Esto es terriblemente injusto pero no se explica tan solo al evidenciar que desde los países que dominan la creación de las noticias hay un interés manifiesto de mal poner a los gobiernos de algunos países y crear personajes cinematográficos. Hay algunas cosas más profundas en este proceso y no es otra cosa que la justificación –o no- del uso de la violencia.

Existe una enorme cantidad de argumentos que justificarán el uso de la violencia cuando consideremos justo o superior el objetivo que persiguen, la libertad, por ejemplo. Pero el terrorismo tiene un componente adicional. Una acción terrorista no es tan solo hacer un acto en concreto sino sobre todo perseguir generar un fin, el de demostrar que una persona o un grupo de ellas puede desafiar todo el imperio público, social y militar; que puede aislar a una población o castigarla; que puede acometer despiadadas venganzas.

Pero la respuesta al terrorismo no ha de ser tan solo la fuerza, que ha de ser excepcional, proporcional y justificada. Eso es un asunto de militares y policías, queda el deber de sanar las heridas y recordar los hechos.

Si usted por ejemplo estuviera leyendo esto en Nueva York conseguiría un gran memorial que recuerda quiénes cayeron, quiénes lo hicieron y por qué hay que rechazar lo que pasó en las Torres Gemelas y así, en muchas otras partes, pero si usted camina por La Pastora, sube la empinada callecita del preescolar del Tribunal Supremo de Justicia no verá los rastros de esas bombas que un día cayeron del cielo, ni una plaquita que le cuente que un centenar de niños estuvieron allí debajo de ese helicóptero.

La memoria es un elemento fundamental de la identidad sobre ella se construyen las Repúblicas y esta sigue llenándose de cuentos que debemos recordar tanto como la aversión del Libertador por cualquiera, que por acción u omisión, pusiera a la Patria en riesgo de sufrir una nueva invasión.