Oldman Botello

Esos caseríos y sitios ubicados en la frontera de los estados Aragua, Guárico y Carabobo, en la serranía, sí tienen historia; los del Guárico fueron colonizados primero que los referidos a las otras dos entidades y La Platilla, Platillón, San Antonio Pereño, Bersuga, etc. surgieron como grandes haciendas pertenecientes a unos pocos latifundistas.

En La Platilla se establecieron los Pérez de Ávila, que fundaron su propia hacienda, muy extensa, donde cultivaban café y menestras fundamentalmente. Se le llamó La Platilla Pereña y fue su patrono San Antonio de Padua; un gran latifundio con mucho nombre. Posteriormente se radicaron en el lugar los Bolívar relacionados con Caracas, San Mateo y Villa de Cura. Estos entroncaron con aquellos y se formó la familia Bolívar y Pérez de Ávila, cuya descendencia fue presentada toda en Santa Catalina de Siena de Parapara, a cuya jurisdicción parroquial pertenecían, pues era el pueblo más cercano, además de Villa de Cura; aún no estaba fundado San Juan de los Morros. También surgió de allí la familia Orta Ávila y Bolívar, con gente vinculada a Villa de Cura y Calabozo. Propietarios a fines del siglo XVIII y primeros años del XIX fueron también los Colón, entre ellos el padre Nicolás Colón, ascendiente materno de los Montenegro y Colón, uno de cuyos principales integrantes fue el coronel Feliciano Montenegro y Colón, partidario de la monarquía, amigo de Bolívar, fundador de colegios en Caracas y autor de los primeros libros de texto en el proceso post independentista. De la misma macolla descienden los Montenegro de Calabozo que se fueron a Villa de Cura y aquí formaron familia desde 1830 aproximadamente. Familia muy numerosa por cierto, y donde tenemos parte. Eran las principales familias habitadoras de la zona de La Platilla que junto con la numerosa población y esclavitud formaban numerosa población, a la cual, en 1795 se le calculaban unas 100 casas y tal vez 500 habitantes, contados a ojo de buen cubero.

La situación motivó a los dueños y habitantes para considerar la necesidad de establecer una parroquia serrana, porque había muchos excesos por parte de tanto vagabundo en aquellas espeluncas montañesas. El primero a quien se le planteó la necesidad fue al obispo Mariano Martí; en las postrimerías de su acción evangelizadora, pobladora y moralizante, acordó proceder en consecuencia, pero lo sorprendió la muerte en 1792 y se paralizó el proceso fundacional de la que habría sido la primera población serrana del Guárico, antes que San Francisco de Macaira.

En 1795 se reanudó el proceso de diligencias. El administrador de la Real Hacienda de Villa de Cura y San Sebastián, con sede en aquella primera ciudad, don Diego de Botas, envió un informe al Oidor de la Real Audiencia, Antonio López Quintana el 15 de junio de dicho año. Le informaba de la existencia de los vecindarios desparramados por la sierra: Platilla de los Pérez, Platilla Abajo, San Antonio de abajo y de arriba, Cucharito, Casanga (ya volteando hacia San Francisco de Tiznados), La Ceiba, Carrizalito, El Roble, Agua Hedionda, Bersuga y El Bruscal. Toda esa gente no tenía quién les dijera misa, ni concediera bautizo, comunión o aplicara los santos óleos. Pero además, refiere el informe, vivían con todo relajo, caracterizado por los amancebamientos, concubinatos, “pecados bestiales” (sodomía, incestos, zoofilia etc.), robos muertes y otros excesos por aquella vida incivil que desarrollaban en sitios tan apartados en la montaña. En cuanto a la economía, se cultivaba maíz, añil, caña de azúcar, había ganado y bestias caballares y mulares, todo lo cual daba razón de un lugar apropiado para establecer un nuevo pueblo, una nueva parroquia que acabara con tantos males morales.

En resumidas cuentas, recomendaba don Diego de Botas la fundación de un pueblo en La Platilla, que podía estar ubicado en el sitio de El Bruscal o en la sabana inmediata. Alegaba Diego de Botas que anteriormente el padre Nicolás Colón había pedido al obispo Martí la fundación del pueblo, diligencias que detuvo la muerte del prelado, como ya dijimos. Nuevamente se emprendieron las diligencias que, no obstante, no tuvieron corolario positivo y el pueblo en La Platilla se frustró. Continuó la vida tal como venía siendo, con sus imperfecciones. La capilla vendría mucho después, ya en el siglo XX y la acción evangelizadora se detuvo, retomada de vez en cuando por misiones y misioneros venidos de San Juan de los Morros o de Parapara, como la pusieron por obra hasta hace unos años las hermanas Dominicas establecidas en esta comunidad de Santa Catalina, la ciudad consolidada más antigua del estado Guárico, que irradió hacia la serranía cercana la luz de la religión en medio de tantos avatares, por iniciativa de monseñor Helímenas Rojo Paredes, hoy Arzobispo Emérito de Calabozo. Andando el tiempo, la zona montañesa espaldera de San Juan de los Morros fue elevada a la categoría de parroquia con el nombre de San Lorenzo de Tiznados, jurisdicción del municipio Ortiz, mientras que La Platilla permaneció en Roscio.

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