*** El 24 de enero se cumplieron 128 años del nacimiento del “Pintor del Ávila”. Su obra lo reafirma como uno de los paisajistas más destacados

CIUDAD MCY

El hombre montaña
Cuenta que en una oportunidad dijo estar “cansado de la chapita que le tenían puesta del Pintor del Ávila”, sin embargo, es indudable que Cabré se enamoró de esa grandiosa montaña que abraza y contempla a Caracas, y por eso la pintó incesantemente. Desde el pincel, el artista nos contó sobre la belleza de la luz cayendo en los pliegues de la montaña en distintas épocas del año. Pero, también, el pintor recorrió la ciudad para contemplar y encontrar los más hermosos ángulos para pintar la montaña. Visita Antímano, El Paraíso, San Bernardino y la avenida Fuerzas Armadas. Otras veces va a La Urbina, a zonas despejadas por el country y al Parque del Generalísimo Miranda. Cada vez, una montaña distinta. En cada lienzo, tonalidades y profundidades que avivan las pupilas. Una y otra vez, distintas atmósferas que despiertan el alma. Cada obra, un testimonio extraordinario de luz, color y vegetación.

Sobre su obra, Leoncio Martínez señaló: “El estudio de la luz sobre el cerro es un prodigio de verdad (…) Ha pintado El Ávila como es, poderoso, joyante, sensual, protector”. De igual modo, Enrique Planchart afirmó: “En Cabré palpita y seguirá palpitando el amor dionisíaco por la luz penetrante de nuestro paisaje”. Mientras que el maestro Juan Calzadilla, por allá en los años 80, afirmó que Cabré fue un revolucionario, y “un precursor de un código estético que se impuso de modo categórico: la relevancia a primer plano del paisaje y de su luz”. En su opinión, Cabré, de manera fiel, “adaptó los principios del impresionismo a nuestra naturaleza tropical”.

El propio Cabré refirió acerca de su trabajo: “Si de algo puedo preciarme, es de que jamás hice nada en mi vida que no estuviese respaldado por un sentimiento de verdad y de autenticidad con respecto a mí mismo. Yo hice lo que quería hacer y pinté lo que quería pintar: la naturaleza que me rodeaba, que conocía y a la que he amado profundamente”.

El artista es reconocido como una de las figuras promotoras del Círculo de Bellas Artes, movimiento que impulsó el desarrollo de los principios del impresionismo en Venezuela. Para el querido Aníbal Nazoa, el maestro Cabré y El Ávila eran “una sola y grande cosa”. En su opinión, Cabré era el hombre-montaña.

EL VENEZOLANO QUE NACIÓ EN CATALUÑA
El 25 de enero de 1890 nació Manuel Cabré en Barcelona, España. Llegó a Venezuela en tiempos de Joaquín Crespo, cuando apenas tenía seis años de edad. La familia vino a Venezuela, pues su padre, el escultor Ángel Cabré había sido invitado para realizar diversas obras de ornato monumental en la ciudad. Estudió en una escuela ubicada entre las esquinas de Carmen y Bucare y, aunque su padre daba clases en la Academia de Bellas Artes, dicen que el muchachito ayudó con el ingreso familiar vendiendo comida en el mercado de San Jacinto, y luego como etiquetador en una fábrica de tabacos.

Tenía ocho años cuando empezó a asistir a clases en la Academia de Bellas Artes, sin embargo, fue en 1904, a los 14 años, cuando empezó formalmente sus estudios. Allí fue alumno de Emilio Mauri y de Antonio Herrera Toro, de quienes, según cuenta, solía decir: “Maury le enseñaba a ensuciar la tela, mientras que Herrera Toro fue quien le enseñó a él y a otros dónde debían ir las luces en el paisaje”.
Aunque en 1906 ganó el primer premio con la obra Paisajes de Sabana del Blanco, no culminó su formación, pues en 1909 se sumó a la huelga de los estudiantes, quienes cuestionaban los métodos de enseñanza por su rigidez. Tras abandonar la academia se dedicó a pintar al aire libre.

CHARLES BAUDELAIRE EN CABRÉ
Así como el paisaje del valle de Caracas y el Warairarepano eran su devoción, Cabré amaba la poesía de Charles Baudelaire, y así lo contó: “Baudelaire es para mí una cantera de sensibilidad, está lleno de intuiciones, de algo incontrolable que exalta y enamora, y, sin embargo, por debajo de todo ello se siente el rigor, la disciplina, la medida perfecta de su poesía. Esa doble tensión entre la necesidad y la libertad, presente igualmente en la poesía como en la pintura, es quizás una de las razones de mi afinidad con él”.

FORMACIÓN Y EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES
Entre 1909 y 1920 se dedicó a ornamentar al óleo estatuillas de yeso en la marmolería de Eusebio Chellini, ubicada en la plaza La República, en El Paraíso. Vale mencionar que junto a Chellini, José Roversi, E. Garibaldi y Francisco Pigna, era el rey de la marmolería para entonces.

En 1912 fundó junto con Antonio Edmundo Monsanto y Leoncio Martínez un taller de pintura donde emplearon por primera vez el modelo femenino desnudo. Esta asociación es considerada como antecedente a la conformación gremial, y la actividad desarrollada por los artistas se cuenta como antecedente del Círculo de Bellas Artes, el cual convocó a participar a todos y todas aquellas “que por amar la belleza elevan su espíritu sobre el nivel común de las gentes”.

El círculo funcionó en un local del abandonado Teatro Calcaño, entre las esquinas de Camejo y Colón. Los artistas se inscribían en la asociación y pagaban mensualmente para los gastos de mantenimiento.
Entre los propios alumnos, sin profesores ni programas, organizaban “talleres libres”. Seguidamente, Monsanto, Martínez y Cabré organizaron sin premios ni jurados los salones del Círculo de Bellas Artes, en tres ediciones entre 1913 y 1916. Incluso se llamó a participar a los intelectuales más destacados del momento, como Rómulo Gallegos, Manuel Segundo Sánchez, José Rafael Pocaterra, Julio Planchart y Jesús Semprún.

Su primera exposición individual fue en 1920, en la cual presentó 119 obras. Logró recabar suficiente dinero y se fue a París a estudiar en la Academia La Grande Chaumiere. En 1930, regresó brevemente a Caracas y expuso 26 obras en el Club Central, retornó en otoño a París y, tras la muerte de su compañera, regresó nuevamente a Venezuela. Entre muchos reconocimientos obtuvo el Premio Arístides Rojas en 1944, Premio Nacional de Pintura en Venezuela en 1951, Premio Antonio Herrera Toro en 1955 y el Premio Rotary Club en 1956.

SE FUE A OTROS PAISAJES
Este creador vivió hasta los 94 años, hasta que decidió irse a otros paisajes el 26 de febrero de 1984. Dicen por allí que, justamente en febrero, El Ávila está en su máximo esplendor. La bandera cubrió su féretro, y fue velado en la Galería de Arte Nacional, para luego ser llevado al Cementerio General del Sur.

Según Alfredo Boulton: “El Ávila de Cabré es una invención propia suya, no es El Ávila nuestro. Ese hombre ve El Ávila como nadie lo ha visto, y eso es, justamente, el intenso misterio y admirable expresión de su pintura”.

Cuentan que a Cabré le gustaba mucho caminar. Me pregunto: ¿Habrá tomado alguna vez una mochila el pintor para irse a recorrer la montaña que tanto pintó? ¿En qué quebrada disfrutó del agua helada y maravillosa de esa montaña madre?

LORENA ALMARZA/CIUDAD CCS