Luis Salas Rodríguez

“Parece que el demonio dirige las cosas de mi vida”.
Carta de Bolívar a Santander, agosto de 1823

Una de los síntomas más claros de los males desatados por la disolución de la Gran Colombia y la instalación de la República Oligárquica –que dejó todo tipo de soberanía económica en manos de especuladores y prestamistas criollos y foráneos– fue el desorden monetario. Páez no solo permitió la circulación de monedas extranjeras, el dólar entre ellas, sino que, además, mandó a imprimir una con su rostro: el peso Páez.

Cuenta la leyenda que cuando en tiempos de Guzmán Blanco se mandó a acuñar el bolívar, estamos hablando del año 1879, se escogió el nombre del Libertador por tres razones: la primera, para rendirle honores.

La segunda, para reivindicarlo, pues la oligarquía mercachifle que lo había expulsado del territorio pretendía hacer lo mismo del corazón y las mentes de los venezolanos y las venezolanas. Y como pocas cosas son tan cotidianas y fundamentales en la vida de un país como su moneda, al verse circulando de mano en mano una oficial con el rostro de Bolívar, dicha expulsión sería más difícil o imposible.
La tercera razón, derivada de las anteriores, es que nada como el nombre de Bolívar (pese a los ataques sufridos) garantizaba tanto la unidad nacional, desde el punto de vista territorial y simbólico. Y este es un hecho importante. Pues más allá de las tres funciones básicas de toda moneda –medio de intercambio, unidad de cuenta y reserva de valor–, está la de ser símbolo patrio.

Esto es algo que con el paso de los años se ha perdido a lo largo y ancho del mundo. Debido, sobre todo, a las crisis y ataques especulativos sufridos por distintas economías, ya pocas son las monedas con más de cien años de antigüedad. Y no existe ninguna que todavía lleve el nombre de una persona, y mucho menos de un prócer. El bolívar es, junto al dólar y la libra esterlina, una de las pocas centenarias. Y, de hecho, la única que lleva el nombre de un Libertador.

Los ataques especulativos sufridos por el bolívar desde 2012 en adelante, pero en especial desde 2013, lo han puesto en jaque. Ataques similares sufrió a finales de los 70 y principios de los 80. Y, por cierto que, por ¿casualidad?, el tristemente célebre “viernes negro” del 83 cuando comenzó su deriva devaluacionista, se cumplían 200 años del natalicio de Bolívar. De esta debacle lo rescató Chávez con la reconversión en 2008, de la cual salió denominado Bolívar Fuerte. Pero ahora que nos aproximamos a los 200 años de la muerte de Bolívar, y estamos en plena República Bolivariana, puede que desaparezca definitivamente.

El recorrido de toda moneda que es expulsada de la circulación hasta desaparecer es casi siempre el mismo: la gente le pierde la confianza y deja de ahorrar en ella (ya no la usa como reserva de valor). Tampoco saca cuentas (contabiliza y calcula en otra), deja de utilizarla para comprar o prefiere comprar cualquier cosa antes que tenerla. Y así, poco a poco, hasta que alguna otra la reemplaza. O pasa que la autoridad monetaria del país en cuestión toma la decisión de reemplazarla de facto.

Este es justo el recorrido que viene cumpliendo el bolívar actualmente. Todavía, sin embargo, no ha llegado a la etapa terminal, por lo que el proceso aún es reversible. Ahora, ¿dejaremos que esta llegue hasta que sea inevitable su desaparición? ¿O es que ya se tomó la decisión de reemplazarlo? ¿O se hará algo para evitarlo? Recordemos: más allá de lo económico, por importante que sea, la moneda es un hecho político.