Carola Chávez

Cuando era un muchachito, Rafael Zambrano trabajaba empaquetando bolsas en un abasto chino, allá en San Joaquín. Una tarde, batuqueado por un patrón déspota que le robaba las propinas, Rafael no aguantó más y se puso a llorar de indefensión y rabia, calladito, mientras rellenaba bolsas. Entonces una mano grande le tocó el hombro y, al voltear, el muchachito vio a un flaco de ojos intensos y buenos que le dijo, con absoluta certeza: “Todo esto va a cambiar”. Rafael, acostumbrado a no creer en nadie, se le grabó esa cara, esa voz convencida y convincente, porque sintió que le creía y en aquellos tiempos, poder creer en alguien era algo digno de recordar.

Años más tarde, Rafael volvió a ver al flaco de mirada intensa pronunciando el “Por ahora” que le dio rostro a la esperanza.

Conocí a Rafael hace unos años, cuando denunciaba, llamando a mi programa de radio, el despotismo de otro explotador, esta vez en Margarita; ya no contra los niños empaquetadores, sino contra los taxistas. Desde entonces nos hicimos amigos y él sin saberlo se convirtió en una especie de guía para esta señora de clase media que se empeña en ser chavista.

Rafael es un luchador. Yo creo que aquel fugaz pero imborrable encuentro con Chávez le marcó el camino. Rafael moviliza, organiza, empuja, convence, pelea dentro de un gremio complicado, adeco, aspiracional… y no bastando con eso, pelea también contra una burocracia que, se vista del color que se vista, es insensible, despiadada, y resistente al cambio necesario que Chávez le prometió a Rafa aquella tarde, en San Joaquín.

Rafael tenía un carro que se iba poniendo viejo mientras organizaba el Sindicato Bolivariano de Taxistas junto a un montón de compañeros que se negaban a pertenecer al sindicato adeco que domina en la isla. Rafael coleccionó trabas burocráticas y funcionarios que bostezaban y miraban sus teléfonos mientras él les hablaba. Cuando reclamó, Rafa fue vetado por revoltoso por los mismos funcionarios bostezadores que no entienden que un revolucionario no puede ser sumiso ante la indolencia.

Vetado, Rafael vio llegar los taxis bolivarianos, pasar de largo, y terminar trancando las calles cuando Capriles mandó a descargar la arrechera. Rafael, con su carro destartalado, llevando y trayendo gente, mientras desde las trancas, los beneficiarios adecos, sentados en su Orinocos, le hacían burlas: “Ahí tienes tu Patria”.

Vetado, se quedó sin un caucho, y luego otro, y luego otro y sin batería y se convirtió en pintor de brocha gorda, trabajando a destajo, porque tiene una familia que alimentar. Creí que seguía pintando hasta que una tarde me llamó: “¡Chávez vive!”–Así me saluda Rafa cuando hablamos por teléfono– y me puso al tanto de su vida: Ahora vende café en playa El Agua, está pasando trabajo parejo. Me cuenta muerto de la risa –porque si algo tiene Rafa es que nada le roba la alegría– que se sembró una mata de auyama milagrosa que le parió 25 auyamas grandotas, y cuando creyó que se le habían acabado todas, la mata le regaló otra más que había crecido escondida bajo otros matorrales de su patio… “Pero no te llamo por eso, Carola, te llamo porque el señor que vende cuadros, ese que hace paisajes de la playa… no tiene casa, Carola, vive donde se puede meter a pasar la noche, y es de los nuestros; chavista rajao’… Bueno, y yo te quiero pedir a ver si conoces a alguien que lo ayude, porque está viejo y enfermo y no le sale la pensión”. Rafael, pasando trabajo y pidiendo ayuda para los demás. “Siempre hay alguien que la necesite más” –dice. Genio y figura.

Así, en medio de la pela feroz, con su sonrisa imborrable, Rafael salió a votar el domingo. Votó con la conciencia, plena como la luna llena, votó por Nicolás. No hubo burocracia, no hubo ineficiencia, no hubo bachaquero, ni especulación, ni “asfixia” –de esa que el Gobierno gringo y su lacayo Julio Borges creyeron que llevaría a los chavistas a arrodillarse–, no hubo sino la dignidad del chavismo puro, irreductible que vota por algo más grande de su propia vida; más grande, por supuesto, que un bono, o un Chery… Si usted no sabe por qué votó Rafa, si usted creyó que lo podía comprar, si usted cree que Rafael no entiende, es usted el que no ha entendido nada.

La mañana siguiente de las elecciones, Rafa tuiteó: “Los chavistas jamás entregaremos la Patria, la pelea es peleando y ahora más que nunca el presidente Nicolás Maduro está más comprometido con este pueblo que lo lleva en las venas y que dio el todo por el todo por no ser el perro de alfombra #OrgullosamenteChavista”. En su mente, en la de casi siete millones de chavistas, resuenan las palabras de Chávez: “Aquel o aquella de nosotros que logre sembrarse la conciencia hasta en la médula, se convertirá en una fuerza indetenible. Convirtámonos en eso, en un motor de conciencia, para contribuir en la larga lucha histórica por la independencia definitiva de nuestra Patria”.
¡Nosotros venceremos!