Santiago Díaz

6 millones de votos, un poquito más o un poquito menos, era lo que muchos le calculábamos a Nicolás en estas elecciones. La guerra es dura y, aunque siempre es bonito querer tocar el cielo, también hace falta pisar el suelo con firmeza, porque en política sublimarse no paga. Los resultados, entonces, no me sorprendieron, al menos en ese aspecto. La participación, en cambio, me pareció que estuvo un poco por debajo de lo que se podía esperar. Fue al rato, como una hora después del primer boletín, que caí en cuenta: el chavismo tuvo los votos que uno podía esperar y los movilizó razonablemente bien, pero el señor Henri Falcón ni siquiera había llegado a los 2 millones de votos.

En ningún momento durante la campaña me pasó por la cabeza que Falcón iba a sacar menos de cuatro millones de votos. Inclusive con la MUD, Frente Amplio Para Pedir Una Invasión Gringa –o como sea que se llamen ahora– en contra, la suya parecía una candidatura que debía ser perfectamente capaz de recoger una cantidad razonable de votos castigo. Pues no, la clase media ni siquiera volteó a verlo. Es más, en medio de la abstención, Maduro sacó 60% de los votos en Chacao, 68% en Baruta y 72% en El Hatillo. Para esa gente valió poco la consigna aquella de defender sus espacios. Prefirieron abstenerse como nunca lo habían hecho antes que votar por Falcón. Es un asunto casi personal. La clase media terminó odiándolo porque sí y punto.

Pero con menos de 2 millones de votos, ni siquiera se puede decir que Falcón arañó numeritos entre el chavismo descontento, independientes, alguna pegada en alguna parte. Hay que meterse en lo profundo de los resultados publicados en la página del CNE y hacer acrobacias aritméticas y de abstracción política para medio poder entender de dónde salieron los pocos votos que sacó. Es más, el tipo fue tan mal candidato que Bertucci le terminó ganando en Carabobo y en Bolívar. Con el agravante de que ese millón que sacó Bertucci es indiscutiblemente suyo, de gente que cree en él. Falcón hasta para ser un peor es nada, se quedó corto.

Al verlo atropellar las palabras en la declaración que hizo, probablemente después de que le ofrecieron un exilio dorado a cambio de gritar fraude, entendí la clase de personaje que siempre fue. Si Capriles era un huevo sin sal, Falcón es una cáscara sin huevo; una anécdota de la historia política que, al ver que con esos 2 millones que sacó de retruque no podía ni siquiera intentar armar un movimiento político, decidió aceptar su soborno mayamero y multiplicar la nada que siempre fue su carrera política por el cero de la abstención con la cual el Frente Amplio Para Suplicar Que Nos Caigan a Bombazos Humanitarios ya había decidido hundirlo a él.

@letradirectasd