EARLE HERRERA

Otro día me ocupo de Néstor Francia y su inextricable “victoria pírrica”. Por ahora centro mi atención en alguien más pírrico que mi desenfrenado amigo, el señor Trump y ese as de póker que envió a la OEA para lograr la suspensión de Venezuela del gran casino continental. Ubíquese el lúdico lector en la 48ª Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, donde Estados Unidos aseguró tener todas las cartas marcadas… y sin embargo.

En efecto, la agencia antichavista EFE baraja así la partida: “Estados Unidos jugó sus mejores cartas en la Organización de Estados Americanos (OEA) con una campaña de presión al Caribe encabezada por el vicepresidente, Mike Pence, pero no fue capaz de suspender del organismo a Venezuela”. La agencia subraya que las fuentes diplomáticas describieron el proceso como “una partida de póker”.

El símil con este juego de cartas, vamos, sirve para restañar las heridas imperiales ante una inocultable derrota diplomática. En El Tigrito, donde nunca vi a nadie jugando al póker porque allá preferían el truco y el ajilei, le decían al afectado: “Eso se hincha”. Una fuente fidedigna que prefirió el anonimato comentó: “Estados Unidos tenía las mejores cartas, trajo a su vicepresidente y a su secretario de Estado, Pompeo, pero uno no sabía si todo era un farol”.

¡Por Dios, era algo más que un farol! A esos pesos pesados se le unieron el embajador yanqui en la OEA, quien fanfarroneó y le mintió a Trump que tenía 24 votos en el bolsillo; se sumaron todos los tahúres del Club del Lima, esa especie de Buffalo Bill tropical que es Marco Rubio, el sicario general Almagro, quien prometió al imperio la cabeza de Venezuela en bandeja de plata y volvió a quedar mal.

Los 24 votos no aparecieron. Un despechado portal de nombre vegetal tituló: “EEUU logró un “triunfo parcial”, algo así como dejar a una doncella “medio preñada”. La agencia EFE prefirió la frase “triunfo simbólico” (?). Un apostador gringo reconoció que las amenazas a los pequeños países del “patrio trasero” ya no funcionan. El canciller venezolano recogió sus cartas sin estridencia, las sopló, se las guardó en el paltó y regresó a Caracas. Desde algún lugar del envite, Hugo Chávez, quien nunca jugó al póker, gritó: ¡Quiero y retruco!