Ana Teresa de la Parra, se inmortalizó por sus dos grandes obras literarias como lo son Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca | FOTO CORTESÍA

**En su vida dentro de la escritura no pudo hacer su autobiografía, ya que una terrible enfermedad se la llevaría a los 46 años de edad.

CIUDAD MCY.- Este 5 de octubre se cumplieron 129 años del nacimiento de la escritora Teresa de la Parra, figura capital de las letras femeninas del país, quien se inmortalizó por sus obras Ifigenia y Memorias de mamá Blanca, unas de las más conocidas.

En su homenaje, el presidente de la República, Nicolás Maduro, dedicó un mensaje en su Twitter: “Hace 129 años nació la novelista más importante de la primera mitad del siglo XX en nuestro país, Ana Teresa Parra Sanojo, conocida como Teresa de la Parra. Sus obras la inmortalizaron en el corazón del pueblo y reflejaron el carácter y la realidad de la mujer venezolana”.

Incursionó en el mundo de las letras de la mano del periodismo, escribió dos novelas que la inmortalizaron en toda América del Sur: Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca. Su novela más conocida Ifigenia, planteó por primera vez en el país el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permitía tener voz propia y cuya única opción de vida, según la sociedad, era el matrimonio legalmente constituido. Por ello, el título de Ifigenia remite al personaje griego y al sacrificio.

Ana Teresa Parra Sanojo (París, 1889-Madrid, 1936), escritora venezolana considerada, junto a Rómulo Gallegos, la novelista más importante de la primera mitad del siglo XX en su país. Su padre, Rafael Parra Hernáiz, era cónsul de Venezuela en Berlín; su madre, Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, descendía de una rancia familia de la sociedad caraqueña. “Tanto mi madre como mi abuela pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad colonial de Caracas”, escribía Teresa de la Parra en 1931, en una breve reseña autobiográfica.

Pese a haber nacido en Francia, esta prolifera escritora se sentía venezolana.

En esa misma reseña declaraba haber nacido en Venezuela, y aunque París dista nueve mil kilómetros de Caracas, apenas puede decirse que mintiera, ya que la infancia de Ana Teresa transcurrió cerca de la capital venezolana, en la hacienda familiar de Tazón. Poco después de morir su padre, en 1900, se trasladó con su madre y hermanos a España, y en 1902 ingresó en el valenciano internado del Colegio del Sagrado Corazón de Godella.

SU FORMACIÓN

A la edad de 19 años, el poema que escribió para celebrar “el día de la beatificación de la Venerable Madre Magdalena Sofía Barat” le ha llevado a ganar el primer premio y se puede encontrar “en el Boletín del Sagrado Corazón”.

Estos años formativos, los de su infancia y adolescencia, dejaron una profunda huella en la escritora: los recuerdos de Tazón darían vida a la hacienda Piedra Azul de Las memorias de Mamá Blanca (1929), y el internado se convertiría en el marco formativo de María Eugenia Alonso, la heroína de Ifigenia.

La carrera literaria de Teresa de la Parra presenta tres momentos claramente diferenciados. Sus primeras incursiones fueron unos breves cuentos, de tema fantasioso más que fantástico y tintes vagamente orientalizantes, y el diario apócrifo “de una caraqueña por el Lejano Oriente”, publicado en la revista Actualidades, que dirigía Rómulo Gallegos.

El relato Mamá X, que le valió en 1922 el premio literario de un diario de Ciudad Bolívar, pasó luego a formar parte de una narración más extensa, el Diario de una señorita que se fastidiaba (matriz narrativa de Ifigenia) publicado ese mismo año en revista La Lectura Semanal, que dirigía por José Rafael Pocaterra. Posteriormente, Teresa de la Parra recordaría ese año de 1922 como el del inicio de su verdadera vocación de escritora.

Esta vocación dio sus frutos en París, ciudad donde fijó su residencia en 1923. Allí verían la luz sus dos novelas: en 1924 Ifigenia, traducida al francés por Francis Marmande y elogiada por Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez. En ella se narran las vicisitudes de la heredera de una familia acomodada caraqueña venida a menos y se explora, por primera vez en la narrativa venezolana, el mundo y la sensibilidad de una mujer. En la segunda, Las memorias de Mamá Blanca (1929), hallamos una crónica familiar que rescata y recrea, con una sencillez que no elude la maestría narrativa, las voces y el habla venezolanas de su época, a la vez que evoca con lucidez un mundo para siempre perdido: el de la aristocracia criolla.

Esta segunda etapa, la de la asunción plena de su vocación, fue también la de su otra gran amistad, amorosa y sororal, con la escritora cubana Lidya Cabrera, a quien conoció en 1927 durante un viaje a Cuba en el que representó a Venezuela en la Conferencia Interamericana de Periodistas y disertó sobre “La influencia oculta de las mujeres en el Continente y en la vida de Bolívar”.

Cabrera la acompañó hasta el último momento durante su dolorosa peregrinación por sanatorios suizos y españoles, en busca de la imposible curación de su tuberculosis. La enfermedad, cuyos primeros síntomas se manifestaron en 1931, modificó de raíz su personalidad y su vida. Con respecto a su obra, sería más acertado decir que la enfermedad agravó cierto giro que la autora había comenzado a dar desde su ciclo de conferencias del año anterior. “Acomodar las palabras a la vida, renunciando a sí mismo, sin moda, sin pretensiones de éxito personales, es lo único que me atrae por el momento”, escribía en 1930 al historiador venezolano Vicente Lecuna.

Surgió entonces el proyecto, que no alcanzó a realizar, de escribir una “biografía íntima” de Simón Bolívar que evitara las facilidades de la novela histórica, que Teresa decía detestar. Salvando las distancias entre autores tan disímiles, puede decirse que Teresa de la Parra fue la primera en concebir una idea que ejecutarían, en muy distintos registros, Álvaro Mutis en su cuento El último rostro y Gabriel García Márquez en El general en su laberinto.

SU OBRA

Esta gran es escritora venezolana obtuvo reconocimiento crítico fuera de su país. Sus dos novelas tuvieron una amplia difusión en Francia, España e Hispanoamérica inmediatamente después de su publicación en los años veinte, y la autora recibió el homenaje de Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez.

Cuando el mundo literario español comenzó a levantar cabeza, tras el largo túnel del franquismo, los españoles que admiraron a la venezolana habían desaparecido de escena. Además, el estruendoso boom latinoamericano impuso rápidamente otros nombres y novedades.

En Venezuela, la suerte póstuma de su obra no fue más propicia. El año de la muerte de Teresa de la Parra fue también el de la liquidación del régimen de Juan Vicente Gómez en Venezuela. El país despertaba de casi tres décadas de una dictadura que lo había mantenido en un aislamiento casi total del resto del mundo. En pocos años Venezuela dejaría de ser “la enorme hacienda” de Gómez para iniciar una frenética transformación de sus instituciones políticas y estructuras económicas y sociales.

Si algo caracteriza a la escritura de Teresa de la Parra, es su limpidez y transparencia. Su narrativa, que nace en el momento álgido de la modernidad literaria, se señala por su rechazo de la experimentación formal y lingüística. Ella misma admitía, sin trazo de pudor o arrogancia, que el arte de su época (el cubismo o el dadaísmo, que había conocido en sus años parisinos) no le decía absolutamente nada.

Hasta su muerte en 1936, Teresa de la Parra no dio nada más a la imprenta. Sus escritos inéditos, sin embargo, tienen el peso y la importancia de su obra editada. Su epistolario, sobre todo, es un monumento de madurez reflexiva y un impecable ejercicio de diálogo amoroso y amistoso. En 1947 sus restos fueron trasladados a Caracas e inhumados en el Cementerio General del Sur. El 7 de noviembre de 1989 fueron sepultados en el Panteón Nacional, convirtiéndose en la primera mujer venezolana en penetrar en este mausoleo.

Desafortunadamente, Parra nunca tuvo la oportunidad de escribir una autobiografía de su vida y los críticos se quedaron sin interpretar partes desconocidas de su vida a través de su literatura.