CIUDAD MCY.- El Plan Chuquisaca marca un punto de inflexión en la historia ambiental de Venezuela, por lo ambicioso del proyecto de reforestación que se propone establecer 10 millones de árboles y busca recuperar especies autóctonas y restaurar ecosistemas degradados. Su nombre rinde homenaje al Decreto de Chuquisaca de 1825, cuando Simón Bolívar ordenó plantar un millón de árboles en Bolivia, un gesto visionario que hoy adquiere nuevo sentido.
Doscientos años después, el presidente constitucional Nicolás Maduro retoma ese legado no sólo por el bicentenario, sino por la coincidencia en una visión que, según Rafael Piña, coordinador nacional de Plan Chuquisaca del Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo (Minec), se sostiene en tres columnas esenciales: cuidar las cuencas, garantizar la alimentación y asegurar el acceso a medicamentos desde la tierra.
“Con el Plan Chuquisaca hay un interés real en recuperar nuestros árboles autóctonos y las especies endémicas de cada territorio”, explicó.
Piña recuerda que Bolívar fue un adelantado en materia de sostenibilidad, incluso en un tiempo en el que no existía conciencia sobre los límites de los recursos naturales.
«En esa época se pensaba que los recursos eran inagotables. Los colonizadores explotaban la madera, desmontaban selvas nubladas para el ganado porque lo que valía era el cuero. Pero El Libertador entendía que había que cuidar esos espacios y que dependíamos de ellos, no sólo por la madera, sino por otros servicios ambientales fundamentales”, señaló.
Hoy sabemos que esos servicios van mucho más allá del oxígeno. Las selvas regulan el agua, mantienen las cuencas activas y elevan el nivel freático que alimenta los ríos. También, sabemos que los bosques funcionan como sistemas complejos en los cuales los árboles se comunican entre sí a través de micorrizas, hongos que conectan las raíces y permiten el intercambio de nutrientes e información.
“En 1962, una científica norteamericana-canadiense descubrió que los árboles se comunicaban. Primero pensó que eran pulsos magnéticos, pero luego se comprobó que eran las raíces entrelazadas y un hongo que permitía esa comunicación. Incluso cuando un árbol está enfermo, otros le envían ayuda a través de la micorriza”, indicó Rafael Piña, coordinador nacional de Plan Chuquisaca.
UN PLAN EN TIEMPOS DE CRISIS CLIMÁTICA
El Plan Chuquisaca surge en un contexto global marcado por el cambio climático y la pérdida acelerada de biodiversidad. Piña advierte que muchas transnacionales ambientales invierten hoy en conservar bosques del llamado “tercer mundo” porque ya agotaron los suyos.
“Ellos no tienen nada que defender. Ahora ven al planeta como un ecosistema enfermo y necesitan conservar lo poco que queda”, afirmó
En este escenario, la selva amazónica -el bosque tropical más grande del mundo- sigue siendo el corazón climático del continente. Venezuela depende de ella para su régimen de lluvias.
“Tenemos dos tiempos: el secano, que llamamos verano, y las lluvias, que llamamos invierno. Dependemos de la lluvia que viene del sur, y al sur no hay mar, está la gran selva amazónica. El excedente de nubes que se desplaza hacia el este y luego al resto del país es lo que nos alimenta”, sostuvo.
Las lluvias del norte, conocidas como norte-verano, son cortas y duran apenas dos meses. Además, fenómenos como El Niño y La Niña -que siempre han existido- se han intensificado por acción humana. Frente a este panorama, el Plan Chuquisaca busca demostrar que es posible convivir con la naturaleza y que la restauración ecológica requiere alianzas regionales.
“No podemos hacerlo solos. Necesitamos trabajar con los países vecinos para recuperar áreas degradadas que beneficien no sólo a los seres humanos, sino a todas las especies”, precisó.
Para ilustrar la lógica de los bosques, Piña recurre a un ejemplo sencillo: “Si te regalo una hectárea con aguacates, naranjas y limones, y no las asistes, se mueren. ¿Por qué no se muere el bosque? Porque sí tiene quien lo asista: la fauna silvestre, los insectos, los hongos, el suelo, hacen un trabajo gratuito que no podemos cuantificar y por eso pensamos que no vale nada”.
SEMILLAS, VIVEROS Y EDUCACIÓN AMBIENTAL: LA BASE DEL FUTURO
El verano es la etapa ideal para la recolección de semillas y la germinación. La naturaleza libera semillas secas listas para reproducirse, mientras que los viveros permiten controlar el riego y las condiciones iniciales de crecimiento. Este proceso está estrechamente vinculado con las escuelas y los viveros escolares, que forman parte de la meta nacional de plantar 10 millones de árboles en un año, propuesta por el presidente Nicolás Maduro.
Piña destaca que Venezuela posee una de las pocas constituciones del mundo en la que el ambiente es un derecho, y la corresponsabilidad recae tanto en el Estado como en las comunidades. El artículo 127 establece la responsabilidad ambiental, y el 107 obliga a impartir educación ambiental formal e informal a todos los venezolanos.
“Creemos que la gente tiene que volver a la naturaleza participando en su recuperación. Si los niños no tienen contacto con una reforestación, con una granja, con los animales silvestres que son arquitectos y técnicos del bosque, no entenderán que todos somos parte de la biodiversidad”, aseguró. Por tal motivo, el plan impulsa la adopción de árboles y espacios desde la etapa inicial hasta la universidad, incluyendo los hogares.
La formación del “venezolano nuevo” implica comprender las consecuencias de la pérdida de masa vegetal, la contaminación de los ríos y la mala gestión de los desechos sólidos.
“El Plan Chuquisaca nos proyecta hacia una mejor calidad de vida. Sin cuencas no se motorizan las ciudades”, concluyó.
PRENSA ECOSOCIALISMO
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