CIUDAD MCY.-La partida de nuestros seres queridos nos entristece. No solo es lógico, sino que es algo intrínseco a nuestra humanidad: seres colectivos que somos, la pérdida del otro es un golpe. Nunca estamos a gusto tras perder a alguien que nos ha acompañado en nuestras vidas. Pero así como hay momentos para la tristeza, también los hay para recordar con cariño, para celebrar, para honrar a los que pasaron, dejaron huella y ya no están. Y de eso se tratan muchas de las tradiciones en nuestro país.

Cuando el calendario señala el reencuentro con los ancestros (cada 1 y 2 de noviembre), Venezuela despliega una geografía espiritual diversa. Lejos de la solemnidad rígida o la influencia del duelo trágico, las expresiones populares e indígenas de diversas zonas del país abren un paréntesis durante el cual los vivos y los muertos vuelven a compartir la mesa, la danza y el juego.

Entre estos rituales hay tanta diversidad como las demás expresiones de nuestras culturas que atraviesan el territorio nacional, pero siempre con una noción común: que juntos toda pena es menor.

En la mesa oriental del estado Anzoátegui, el pueblo Kariña no despide a sus difuntos: los recibe de vuelta. El Akaatompo es un ritual ancestral en el que las almas de los ancestros retornan al hogar terrenal.

Las familias preparan con días de antelación el banquete preferido del familiar fallecido, ofreciendo kashiri (bebida fermentada de yuca), carne de monte y casabe. Grupos de músicos y danzantes recorren las casas entonando el Mare-Mare, mientras los niños participan en la variante del Akaatompo Pooto (visita de los niños muertos). Para los Kariña, este ritual no evoca tristeza, sino la reafirmación del vínculo comunitario y la continuidad de la existencia.

Por su parte, los valles de Aragua —especialmente en La Victoria y Zuata— son escenario de La Llora, una manifestación dancística y ritual que entrelaza la herencia indígena con las tradiciones hispánicas.

Los bailadores, vestidos con prendas tradicionales de la colonia y la campiña, ejecutan una serie de sones de ritmo frenético acompañados por el bandolín, el cuatro, el tiple y las maracas. A través de figuras como «El Caroní», «El Palito», «El Oso» y «La Chispa», la danza escenifica el dolor de la pérdida convertido en catarsis colectiva, mediante la cual el luto se transforma en una demostración de resistencia y vitalidad popular.

En los pueblos del estado Lara, la devoción a las Ánimas del Purgatorio adquiere un matiz único de recogimiento y misticismo popular. Al caer la noche del 1° y 2 de noviembre, rezanderos y devotos recorren los camposantos y las calles iluminadas únicamente por velas y velones.

Entre oraciones moduladas, cantos religiosos y el susurro del rosario, la procesión avanza pidiendo por la luz y el descanso eterno de los fieles difuntos, en un acto de fe comunitaria que preserva el respeto a los antepasados y la solidaridad espiritual entre vecinos.

En la franja costera del estado La Guaira, en cambio, los cementerios de pueblos como Naiguatá, Carayaca y Osma se transforman al atardecer en un espectáculo de luz y color.

El Alumbrado de los Difuntos convoca a las familias a limpiar, pintar y adornar las tumbas con flores multicolores y cientos de velones encendidos. Al caer la noche, los camposantos se convierten en espacios de encuentro vecinal: comparten relatos, música, oraciones y comida, encendiendo la noche costera como símbolo de luz perenne para quienes partieron.

Finalmente, en los pueblos pesqueros y rurales del estado Sucre, el luto por los difuntos se acompaña con el tradicional Juego de la Maluca. Durante los velorios (así como las conmemoraciones de los fieles difuntos de noviembre), los asistentes se reúnen en el patio de las viviendas para realizar dinámicas de cartas, adivinanzas y juegos de prendas.
Esta tradición tiene como objetivo acompañar a los deudos en las horas más complejas de la velada, transformando el espacio del lamento en un ejercicio de solidaridad y hermandad comunitaria para espantar el dolor a través de la presencia colectiva.

A través de esta multiplicidad de saberes y costumbres, el pueblo venezolano ratifica que la relación con sus difuntos es un pilar fundamental de la memoria histórica y la identidad nacional.

Desde las costas hasta los llanos y las cordilleras, estas expresiones patrimoniales trascienden la lógica del olvido para convertir el recuerdo de los seres queridos en una fuerza viva, colectiva y permanentemente renovada.

FUENTE: MINCULTURA

FOTO: CORTESÍA