CIUDAD MCY.- En esta nueva entrega nos alejamos de la fantasía para entrar en la cancha, donde el chirrido de los zapatos sobre la madera y el golpe seco del balón contra las palmas dictan el ritmo del corazón. Hablamos de Haikyuu, una obra que, aunque es celebrada por la precisión técnica de su animación y la fidelidad con la que ilustra jugadas famosas de la vida real, trasciende el género deportivo para convertirse en un tratado sobre la formación de las pasiones humanas.

La historia nos lleva de la mano de Hinata Shoyo, un joven que creció en la prefectura de Miyagi bajo la sombra de la carencia. Sin un equipo consolidado en su primaria o secundaria, Hinata alimentó su amor por el vóley en la soledad, sin poder perfeccionar sus habilidades hasta que el destino lo llevó a la preparatoria Karasuno. Allí, como bloqueador central, inició un viaje que es, en esencia, un retrato crudo y honesto de la vida del atleta profesional.

Cada temporada de esta obra comienza con una frase que retumba como un mantra “un muro muy alto se levanta frente a mí”. Ese muro no es solo la red o los brazos extendidos del oponente; es el obstáculo metafísico que nos bloquea la visión de lo que hay más allá. ¿Qué tan lejos podemos llegar? Esa es la pregunta que Hinata intenta responder capítulo tras capítulo, recordándonos que el reto no es solo superar el muro, sino descubrir en quiénes nos convertimos al intentar escalarlo.

Haikyuu!! nos susurra al oído que la pasión es el combustible para tal hito. Hinata es un personaje movido por un deseo tan puro que llega a creer que la determinación y el anhelo pueden contra cualquier pronóstico. Sin embargo, la obra nos entrega su lección más valiosa de la forma más amarga: a veces, querer algo con toda el alma no garantiza alcanzar la meta. La determinación no siempre es suficiente para ganar, y el esfuerzo no siempre se traduce en trofeos. El muro es alto, riguroso y, en ocasiones, parece imposible. Hinata comprendió esto solo cuando probó el sabor de la frustración y la derrota.

Pero es ahí donde reside la verdadera reflexión, el poder de la pasión no te asegura el 100% de la victoria, pero sí define qué decides hacer con esa pasión después de caer. En un mundo donde muchos equipos ven el voleibol como un empleo mecanizado, donde ganar es lo único que importa y cada recurso se exprime bajo un control absoluto,  aparece el Karasuno. Como un cisne navegando en un lago lleno de peces, este grupo extraordinario se permite experimentar, fallar y superarse sobre la marcha, rompiendo la rigidez del sistema con pura resiliencia.

Incluso cuando la vida nos presenta la perspectiva de personajes como Oikawa Toruu, recordándonos que a veces el talento parece aplastar al esfuerzo por más que nos desgastemos, Haikyuu nos ofrece una salida. El problema no es que exista alguien más talentoso que tú; el problema surge cuando mides tu valor personal basándote en el brillo de un tercero. Intentar superar a otro por despecho te condena a ser su sombra. La verdadera voluntad no es aplastar al de enfrente, es negarte a quedarte estancado donde estás. No necesitas ser mejor que alguien más; necesitas ser mejor que la versión de ti mismo que despertó esta mañana.

“Por más en serio que te tomes un sueño, debes disfrutar el camino”. De eso se trata esta obra que logra conmover hasta las fibras más sensibles. Haikyuu es un recordatorio de que, aunque el pretexto sea el deporte, al final del día, el voleibol es en lo que menos vas a prestar atención cuando te des cuenta de que lo que realmente estás viendo es tu propia vida reflejada en la cancha.

 

MARÍA JOSÉ PARRA

FOTO: CORTESÍA