La fiesta religiosa de cada 24 de Junio en las costas aragüeñas transciende el calendario cristiano, porque sus raíces afro se manifiestan en altares coloridos, procesiones vibrantes e intensos repiques de tambor.
CIUDAD MCY.- Cuando llega el 24 de junio se activa en el corazón costero de Aragua la herencia que vibra en los cuerpos, en las calles, en los tambores. La fiesta de San Juan Bautista, es una de las expresiones más profundas del alma venezolana. En ella convergen siglos de historia, sincretismo religioso y una fuerza emocional que se transmite de generación en generación.
Desde la víspera, los pueblos litoralenses como Cata, Cuyagua, Chuao, Ocumare y Choroní se preparan con esmero. Las viviendas y los locales se transforman en coloridos altares con decoración con velas, frutas y pañuelos.
Todos los espacios y ambientes se llenan de cantos que anuncian la llegada del Santo. El tambor comienza a resonar como latido colectivo que no solo marca el ritmo del jolgorio, también el pulso de una memoria afectiva que se niega desaparecer.
La noche previa se hace vigilia, no se duerme, se hace el velorio al Santo, se le canta, se le baila, se le agradece. El cumaco no se detiene porque en su retumbe habita la voz de los abuelos africanos, la fuerza de los que resistieron, la esperanza de los que aún creen. Es expresión espiritual que comunica lo que las palabras no alcanzan a decir como el dolor, la gratitud y la fe.
LLEGÓ SAN JUAN
Amanece el 24, la imagen del San Juan sale en procesión en una coreografía ritual donde cada paso, cada bandera, cada mirada al cielo representa una promesa, una petición en una historia individual.
En la costa, los peñeros adornados se echan al mar en procesión marítima. El agua, símbolo de purificación, se convierte en altar flotante donde San Juan navega entre olas y los cantos, bendiciendo a su paso.
La figura de San Juan Bautista, el único santo al que se celebra el nacimiento, ha sido resignificada por las comunidades afrovenezolanas como emblema de libertad, resistencia y protección. Su imagen, a veces representada como niño, adolescente o adulto, encarna distintas etapas de la vida el alma y la muerte.
AL SONIDO DE TAMBOR
El tambor, protagonista indiscutible, no solo es un instrumento. Es un puente entre mundos, entre lo visible y lo invisible. El 25 de junio se realiza el “encierro del santo”, momento en la que la imagen regresa a su altar. Pero el silencio no llega.
El eco de los tambores permanece en la piel, en la memoria, en los sueños porque en Aragua, San Juan no se guarda, se lleva adentro. Es una herencia viva que se renueva cada año, un abrazo colectivo que une el pasado y el presente, un acto de amor que se expresa con el cuerpo, con la música con el alma.
Patrimonio del mundo
El ciclo festivo alrededor del culto a San Juan Bautista fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en diciembre de 2021. En Venezuela, esta festividad es un símbolo central de resistencia cultural y memoria de los antepasados afrodescendientes.
Devoción Popular
Es común escuchar el famoso refrán local: “¡Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da!”, reflejo del profundo fervor que une a los devotos aragüeños.
MARCOS GAVIDIA
FOTOS: REFERENCIALES
