Es el lenguaje del cuerpo que se ofrece, del sacrificio que se asume con gratitud, de la palabra empeñada ante lo divino que no puede, ni debe quedar sin cumplirse.
CIUDAD MCY.- El sol del mediodía cae sin piedad sobre el pavimento, pero nadie parece sentirlo. O quizás sí lo sienten, y ese es exactamente el punto. A lo largo de la avenida, una hilera interminable de figuras avanza en silencio: algunos descalzos, otros con hábitos morados que reflejan años de uso, varios cargando cruces de madera que se balancean con cada paso. No hay prisa. Hay determinación.
Es Miércoles Santo en Venezuela y estas personas no están de paso. Han
venido a pagar lo que deben.
El pago de promesas es uno de los rituales más profundos y extendidos de la Semana Mayor en todo el país. Una práctica que no necesita explicación entre quienes la viven, porque forma parte del lenguaje más íntimo de la fe popular venezolana. Es el lenguaje del cuerpo que se ofrece, del sacrificio que se asume con gratitud, de la palabra empeñada ante lo divino que no puede, ni debe quedar sin cumplirse.
PACTOS NACIDOS EN LA OSCURIDAD
Las promesas no se hacen en los buenos tiempos. Nacen en los momentos
donde la razón ya no alcanza y la medicina ya hizo todo lo que podía decir. Se forjan en la madrugada de una sala de emergencias, en el llanto silencioso frente a una imagen sagrada, en el susurro desesperado de quien no sabe a quién más acudir. Son pactos íntimos, casi siempre privados, sellados entre el creyente y su fe en el instante más vulnerable de su existencia.
“Si esto pasa, yo hago esto”, esa es la fórmula, sencilla y antigua como la
humanidad misma. Y cuando aquello que se pidió ocurre, cuando el enfermo mejora, cuando el hijo regresa, cuando la tormenta cede, la promesa deja de
ser un secreto y se convierte en una obligación sagrada. En Venezuela, no
cumplirla no es simplemente un olvido: es una falta que pesa en la conciencia y en el alma.
CONEXIÓN DE GENERACIONES
Desde los páramos andinos hasta las costas del Caribe, desde Mérida hasta
Barquisimeto, desde Valencia hasta los barrios de Caracas, el paisaje de la
Semana Santa venezolana se repite con variaciones propias de cada región, pero
con una esencia común.
Las procesiones recorren las mismas calles de siempre. Las iglesias abren
sus puertas de madrugada. Y entre los feligreses que acuden, hay siempre quienes cargan algo más que devoción, cargan una deuda pendiente con el cielo.
Lo notable de esta tradición es su capacidad de transmitirse sin que nadie la imponga, los nietos observan a los abuelos caminar descalzos y aprenden, sin que nadie les explique demasiado, que existe una forma de gratitud que va más allá de las palabras.
SACRIFICIO VOLUNTARIO
El pago de una promesa no está diseñado para ser cómodo, y esa incomodidad es parte esencial de su significado. Caminar kilómetros sin calzado sobre el asfalto caliente, ayunar durante días, portar el peso físico de una cruz o avanzar de rodillas hasta el altar son expresiones de un principio que el pueblo venezolano entiende profundamente.
No se trata de castigo, se trata de correspondencia. De hacer visible, ante Dios y ante la comunidad, que lo recibido fue real, que el milagro, ya sea grande o
pequeño, dejó una marca, y que esa marca merece ser honrada de la manera más sincera que el ser humano conoce: con sacrificio voluntario y agradecido.
Al caer la tarde del Miércoles Santo, cuando las procesiones se dispersan y el
silencio vuelve a las calles, algo permanece suspendido en el aire.
No es solo el olor a incienso ni el eco de los cánticos. Es la sensación de que algo fue cumplido. De que una palabra dada fue honrada.
REINYMAR TOVAR
FOTO : CORTESÍA


