Paradójicamente, mientras sofisticados laboratorios buscan soluciones para la vida, sobre la misma tierra el campesino ejecuta la biotecnología más sencilla: preservar la vida
CIUDAD MCY.- Cada 5 de marzo, el calendario recuerda una efeméride que suele ser despachada con frases hechas y fotografías de archivo. Sin embargo, en 2026, la conversación sobre el Día Mundial del Campesino dio un giro inevitable.
Ya no se habla solo de “quien cultiva la tierra” para alimentar a la población mundial, se habla de la última forma de resistencia frente a un sistema alimentario globalizado que ha demostrado ser frágil. Mientras la tecnología busca en invenciones soluciones para la vida, en los valles y montañas del planeta, el campesino ejecuta diariamente la biotecnología más sofisticada: la preservación de la vida misma.
A diferencia de la agricultura industrial, que apuesta por el monocultivo y la uniformidad, el campesino es un conservador de la diversidad. En sus pequeños terrenos, no solo crecen alimentos, se resguardan variedades de semillas que han sobrevivido a glaciaciones, sequías y plagas durante milenios.
Este conocimiento no es una “costumbre”, es una administración de datos biológicos. El campesino sabe qué semilla responde mejor al sol del mediodía y cuál prefiere la humedad de la sombra. En un escenario de crisis climática, estas semillas nativas son las instrucciones que este gremio deja para la supervivencia.
Si el mundo pierde al campesino, pierde la “clave de acceso” a los cultivos que podrán resistir las temperaturas extremas del futuro cercano. La humanidad se encuentra ante un científico empírico que no necesita laboratorios estériles porque su mejor instrumento es la zanja en la tierra.
Un aspecto innovador que la economía moderna está empezando a medir es el valor del campesino como productor de agua y aire. La agricultura campesina, por su naturaleza de baja escala y alta rotación, permite que los suelos respiren. Un suelo sano captura carbono de manera mucho más eficiente que cualquier filtro artificial.
Cuando un campesino mantiene un bosque nativo junto a su siembra o utiliza técnicas específicas en la tierra para evitar la erosión, está realizando una labor de geoingeniería. Él regula el ciclo hidrológico de la región; es decir, el agua que sale de las tuberías en las grandes ciudades depende directamente de la salud de la parcela campesina kilómetros arriba.
Este trabajo especial está obligado a enfatizar que el campesinado no le debe nada a nadie, es la ciudad la que está en deuda por los servicios ecosistémicos que ellos mantienen de forma gratuita.
El campesino es el garante de que no se dependa de tres o cuatro corporaciones globales para llenar el plato. Su existencia asegura que la dieta humana siga siendo variada y nutritiva.
Celebrar el 5 de marzo en 2026 requiere un cambio de paradigma. Se debe dejar de ver al campo como el pasado y empezar a verlo como el único futuro viable. La verdadera innovación no es el reemplazo del hombre por la máquina, sino la simbiosis del ser humano con su entorno.
MARÍA JOSÉ PARRA
FOTOS: REFERENCIALES

