Esta festividad no es una simple estampa folclórica, no es solo un legado del pasado, es una brújula para el futuros
CIUDAD MCY.- Mayo se inicia con las primeras lluvias que lavan el polvo de los campos venezolanos, el mes se presenta con aroma a flores frescas, a papel crepé y a devoción antigua.
Es el tiempo del renacimiento de la tierra, y en cada rincón de Venezuela —desde los valles de Aragua hasta las costas orientales—, la fe se viste de gala en una cruz que, más que un objeto religioso, es el eje sobre el cual gira la visión de un pueblo que se niega a olvidar su esencia.
TRES EN UNO
La efeméride resulta de la combinación de una madera esculpida, de elementos de naturaleza y la fe cristiana.
La celebración de la Cruz de Mayo es en esencia un tramado cultural, entre la creencia de que Santa Elena fue quien
encontró la verdadera cruz de Jesús en Jerusalén (aprox. 325-327 d.C.) durante unas excavaciones y que se entrelaza con las ancestrales prácticas indígenas y con la fuerte identidad afrovenezolana.
Los bíblicos hallazgos de Santa Elena son fundamentales porque se conmemoran el 3 de mayo y la veneracion inicial a las reliquias se atribuyen por encontrarse actualmente en la Basílica de la Santa Croce in Gerusalemm de Roma, Italia.
Es por ello que el cultor aragüeño, José Uribe, cuya voz se alza como guardian de esta tradición, comenta que es importante comprender esta fiesta, como un ejercicio necesario de memoria histórica.
»Cuando Europa llega a América, ya estaban nuestros hermanos aborígenes. Ellos se manejaban con los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire. Esos mismos elementos están impregnados en los cuatro puntos de la cruz. Ahí está nuestra raíz,» explica Uribe y subraya que la imposición colonial de la cruz como símbolo de poder fue resignificada por los pueblos originarios.
La Cruz, vestida con lo mejor y abundante de una cosecha como frutas, granos, hojas de plátano, se transforma en un puente entre el cielo y la tierra. Es la petición de protección para los cultivos y la bendición de las aguas, un ciclo que marca el ritmo de la vida rural y, cada vez más, de la urbana.
UN RITUAL DE COMUNIÓN
Aunque el 3 de mayo es la fecha central, el calendario cultural se expande en los llamados «velorios».
En algunas comunidades de Aragua, como en El Limón, municipio Mario Briceño Iragorry, donde Uribe y otros cultores mantienen la tradición fervientemente, el velorio es un acto de encuentro comunitario.
En algunos lugares se le llama «bailorio», recordándonos que, aunque la cruz es sagrada, el venezolano sabe convertir la plegaria en celebración.
Las fulías narran la fe, acompañadas por el repique del tambor cuadrado, el violín, el cuatro y las maracas.
»Nosotros no somos un país de guerra, somos gente de pueblo, humano y cariñoso. La Cruz de Mayo es fe, es cultura, es educación y es respeto. No es una moda, es nuestra espiritualidad,» reflexiona Uribe, y rescata enseguida el respeto y la solidaridad como pilares invisibles que sostienen esta tradición.
ARAGUA EPICENTRO DE EVOLUCIÓN
El estado Aragua guarda una relación especial con sus santos y sus cruces. Uribe, desde su trinchera, recuerda que la identidad no se hereda pasivamente, se investiga y se cultiva.
La distinción entre la fundación eclesiástica y la realidad histórica de nuestros pueblos es un tema que Uribe pone sobre la mesa, invitando a las nuevas generaciones a mirar más allá de lo superficial.
FUTURO EN LA MEMORIA
La Cruz de Mayo permanece como un recordatorio de que, en Venezuela la resistencia cultural es un acto cotidiano. Mientras existan manos que adornen la madera, voces que entonen fulías y una comunidad dispuesta a reunirse en torno a un altar, la identidad venezolana estará a salvo por muchos años.
Como bien da sentencia José Uribe a la entrevista, “el secreto de la vida es la investigación, el no perder la curiosidad por saber quiénes somos”.
REINA BETANCOURT
FOTOS : CORTESIA


