CIUDAD MCY.- Lo que hace décadas llegó como un consumo de nicho en los hogares venezolanos, a través de la televisión abierta que transmitió algunos íconos como Mazinger Z, Dai Apolón, Súper Campeones, Caballeros del Zodíaco, Heidi, Candy Candy, Marco, Capitán Centella, Dragon Ball y Naruto, hoy se ha consolidado como una de las importaciones culturales más influyentes del siglo XXI. El anime, lejos de ser un género cinematográfico limitado al entretenimiento infantil, se define como un medio de expresión visual japonés capaz de abordar la complejidad de la condición humana con una profundidad que rivaliza con la literatura clásica, y lo hace mediante el drama histórico, la ficción, el tratamiento de temas como la política e incluso las realidades que definen el mundo tal cual se conoce hoy día.

Sin embargo, a pesar de su masificación global y su presencia dominante en las plataformas de streaming, la comunidad que lo consume todavía lidia con estigmas sociales que reducen su pasión a una excentricidad, ignorando que detrás de cada trazo existe una narrativa técnica y emocional que ha redefinido el consumo audiovisual moderno.

Es importante aclarar en primer lugar que, a diferencia de la animación occidental tradicionalmente infantil, el anime utiliza una estética narrativa en la que el encuadre de la imagen y la emoción que se le imprime a cada escena importa tanto como el movimiento de la misma, que se crea desde un dibujo y este es animado con una tecnología muy avanzada, lo que ha permitido que su público se amplíe pues estas ilustraciones sin duda llaman la atención de muchos.

Lo segundo que se debe esclarecer es que en décadas pasadas el consumo de la cultura japonesa en otros continentes que no fuese el asiático era una actividad solitaria o de nichos. De allí nace el término “otaku” que se refiere a que esta comunidad era vista como de personas que preferían vivir a través de la ficción en lugar de la realidad.

Es por ello que, para alguien que creció viendo animaciones simples, encontrarse con un joven que se emocionara por una animación japonesa era completamente extraño, pues significa un choque de códigos. Sin embargo, gracias a la popularidad que estos tuvieron, el avance de la tecnología y el alcance al internet, actualmente el anime es mainstream, lo que se traduce a una tendencia mayoritaria. Lo que en algún momento solo lo consumían “los raritos”, hoy llena estadios y es tendencia global en plataformas de streaming populares.

Este auge no tiene un momento específico sino que está compuesto de diversos escenarios para su impulso. Sin embargo, es innegable que la pandemia por la COVID-19 tuvo mucho protagonismo. Millones de personas con tiempo de ocio, en su mayoría encerradas en sus hogares con internet ilimitado y acceso a un dispositivo, era imposible que no se detuvieran a “matar” la curiosidad de por qué “los raritos” estaban tan obsesionados con el tema; descubrieron que no hay nada más cercano a la realidad que las historias que se cuentan a través de los animes.

Lo que en algún momento fue motivo de bullying para muchos que están llegando a sus 30 años o los han superado, hoy se convirtió en una moda que ha transformado vidas e impactado profundamente en la cultura general. Lo “anormal” se volvió una cotidianeidad para todo adolescente en desarrollo, generando un nivel bajo de resentimiento que late allí con vida propia,  pues siempre le quisieron gritar al mundo “mis gustos no definen quién soy”.

Consumir esta narrativa creativa de la existencia humana es permitir abrir una ventana a la cultura milenaria y también enseñar el mundo desde una mirada más resiliente que permita conectar con la imaginación, ya que este es un lenguaje universal en un mundo que ya es digital. Pero eso es algo que se profundizará en la próxima entrega de…

MARÍA JOSÉ PARRA

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