El comer en el trascurso de las fiestas carnestolendas es, en esencia, el sabor de la desconexión y el placer culinario sin la prisa del quehacer del día a día de las personas

CIUDAD MCY.-A diferencia de la rigurosidad del pescado en Semana Santa o el aroma a leña de las hallacas en diciembre, el Carnaval venezolano no posee un plato que identifique la fecha o defina su gastronomía. Sin embargo, detrás del asueto se esconde una dinámica culinaria única, la comida como centro del descanso familiar y como combustible para quienes deciden recorrer las carreteras del país.

En días carnestolendos, se aprovecha la pausa en la que el menú se aleja de la formalidad y se convierte en una excusa para el encuentro, ya sea en la intimidad hogareña, frente a la brisa de un balneario playero, en las riveras de un placentero río o en un encuentro de amistades en una piscina.

Para las familias que optan por el descanso en sus casas o los grupos de amigos que se deciden por un compartir, el Carnaval transforma la cocina en un espacio de recreación colectiva o de improvisadas reuniones tipo “country” con aportes voluntarios de todos comensales.

Al no existir la presión de las tareas escolares o el cumplimiento de horarios laborales, surge lo que muchos llaman la «cocina divertida». Es el momento en que los miembros del hogar, desde los más pequeños hasta los adultos, se involucran en preparaciones que suelen evitarse por falta de tiempo y en las preparaciones rápidas y sencillas, tal como pasa con los amigos que se reúnen con aportes

Las hamburguesas caseras con ingredientes creativos, las parrilladas en el patio o porches, y la elaboración de meriendas tradicionales como las donas o los churros, se vuelven el centro de la jornada. En estos hogares, el plato no es solo sustento, sino el resultado de un proyecto compartido que rompe la monotonía del año.

“COMER FUERA”

Por otro lado, para el venezolano que decide sumarse al flujo turístico, la gastronomía de Carnaval se vive en el asfalto, arena o en ambiente vegetal.

Aquí es cuando la comida se convierte en una experiencia de descubrimiento y conveniencia. Desde la parada obligatoria en la Encrucijada de Turmero para degustar los célebres sándwiches de pernil o las cachapas con queso de mano en las carreteras, empanadas carabobeñas en los quioscos de El Palito, las fresa con crema en cremas colonieras, hasta la llegada a los pueblos costeros donde el pescado frito con tostones y ensalada rallada es el rey absoluto.

Para los amigos y jóvenes que se reúnen y que no le rinden importancia a la rigurosa alimentación, los pasapalos o snacks procesados, galletas saladas, cotufas y hasta postres en presentaciones simplificadas cumplen con la misión de “comer algo”, mientras las bebidas para la diversión es la verdadera motivación del encuentro.

Estos consumos se vuelven un acto de apoyo a la economía local y de las compras al descuido de alimentos. El viajero y los jóvenes no buscan lo sofisticado, sino el sabor auténtico que le confirme que, efectivamente, está de vacaciones o en solaz esparcimiento.

PARA LLEVAR A CASA

Un fenómeno interesante que se observa en los últimos años es la sofisticación de la comida «para llevar». Dado que el presupuesto familiar es una variable crítica, el ingenio venezolano ha perfeccionado el arte de los platos resistentes: preparaciones que pueden viajar en una cava hacia el río, playa o a una piscinada sin perder su esencia.

El tradicional arroz con pollo, las ensaladas resistentes al calor, el funche o los sanguchones de atún se mantienen como los aliados estratégicos de quienes buscan disfrutar del asueto sin comprometer su economía, demostrando que la gastronomía de estos días es, ante todo, una muestra de adaptabilidad y alegría.

El Carnaval se revela no como una temporada de sabores específicos, sino como una temporada de libertad culinaria. Sin recetas obligatorias ni protocolos de mesa, la comida de estos días refleja el espíritu de la festividad y la flexibilidad. Ya sea compartiendo una pizza hecha en casa mientras se ve una película, o haciendo fila en un quiosco frente al mar, el venezolano utiliza estos días para alimentar algo más que el cuerpo.

MARÍA JOSÉ PARRA 

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