CIUDAD MCY.- Si algo caracteriza la Semana Santa en Venezuela es la diversidad con la que se vive. Con fuerte arraigo a lo religioso por la influencia católica impuesta desde la invasión europea, cada región adaptó con el tiempo su manera de vivir estos días de pausa a la cotidianidad, reflexión y también de descanso.

Una muestra de las diferencias que convergen en el territorio es la gastronomía: el aroma que surge desde las cocinas venezolanas es un mapa comestible que entrelaza misticismo con el sofrito. La introspección encuentra su refugio en los fogones, en donde el ingenio trasciende la fe.

Más que la ausencia de la carne roja, lo que más define la mesa en el país es el mosaico complejo que demuestra que el paladar no tiene límites: se adapta, crea y, sobre todo, asume una identidad. Desde el pescado salado de la costa hasta el chigüire llanero, pasando por los dulces de coco y lechosa, el ayuno en esta época no es una opción en el hogar venezolano; por el contrario, se agradece, se comparte y se degusta las bondades del ingenio de estas tierras.

DEL TEMPLO AL POTAJE

En distintas creencias, el número siete tiene un carácter místico: es la cantidad de días en la que Dios creó el mundo; también son los cielos de varias cosmologías y, dentro del catolicismo, las palabras de Cristo y el énfasis bíblico en la plenitud que representa.

Esa carga religiosa se filtró en la cultura venezolana y se reconoce en prácticas como La visita a los siete templos. De la mesa criolla tampoco escapó este número que aparece en con los Siete Potajes, un almuerzo la misma cantidad platos que son compartidos en familia.

Vinculado con las “siete palabras” de Jesús y con la Última Cena, es la preparación al ayuno penitencial del Viernes Santo, que es parte de la tradición disciplinaria de la Iglesia católica. Por ello, generalmente se hace el día anterior, el Jueves Santo; sin embargo, con el pasar del tiempo, se ha asumido más por costumbre que por su esencia religiosa.

La regla es sencilla: se evita la carne roja, pero todo lo demás queda para la imaginación de quienes cocinan. De allí nacen menús donde conviven pescados, granos, tubérculos, arroces y una batería de dulces criollos que cuentan la historia del país mejor que muchos libros.

FUENTE : EL FOCO 

FOTO : CORTESÍA