Por Karen Millán | viceministra de Cultura
Hablar de la siembra de Alí Primera es, necesariamente, hablar de una cosecha que no se detiene. Como bien nos enseñó Aquiles Nazoa, creemos en los poderes creadores del pueblo, y Alí fue, quizás, el intérprete más fiel de esa fuerza telúrica.
Su accionar no se limitó a la melodía; fue un acto de profunda orfebrería social que logró amalgamar la angustia y el sueño de un pueblo en una sola nota. Su música se convirtió en el medio más efectivo para que el mensaje de lucha, de reconocimiento del “otro”, de ese venezolano de a pie, calara hasta los huesos. Alí nos enseñó que la patria se construye con la misma dedicación con la que un cultor talla la madera o una artesana teje el barro: con paciencia, con identidad y con una fe inquebrantable en lo nuestro.
Desde aquel 3 de enero de 2026, cuando nuestra cotidianidad se vio desafiada por nuevas e complejas realidades, el mensaje de nuestro Cantor del Pueblo ha cobrado una vigencia casi mística. Hoy, su legado nos otorga la habilidad positiva —y profundamente política— de gestionarnos desde la paz y el amor. En esta trinchera de ideas que es el Ministerio de Cultura, entendemos que el arte no es un adorno, sino nuestra arma y nuestro escudo.
No solo recordamos a Alí; honramos a toda esa generación de poetas, músicos, teatreros, pintores inocentes, artesanos y maestros de las bellas artes que, con un pincel o un verso, han levantado muros de contención contra el desánimo. Ellos, nuestros cultores y creadores, son los guardianes de una venezolanidad que se niega a quebrarse porque está cimentada en la belleza de lo colectivo.
En cada comuna donde se levanta un teatro popular, en cada rincón donde un niño abraza un cuatro, Alí vuelve a nacer.
El pueblo organizado ha comprendido que la cultura es el territorio de la victoria espiritual. Ante la adversidad, nuestra respuesta es la creación; ante el ruido, nuestra respuesta es la armonía del canto necesario. Cerramos filas con la ternura como bandera, convencidos de que somos los herederos de una estirpe de soñadores que supieron transformar el dolor en esperanza.
¡Que viva el canto que nos libera!
¡Que vivan nuestros cultores, arquitectos de la luz!
Y que, en cada latido de esta tierra sagrada, resuene por siempre el nombre de nuestro eterno Alí Primera.
¡Venceremos desde la alegría!
