Enero abre una puerta simbólica al cambio, donde proponerse algo mejor convive con la risa, los tropiezos y la certeza de que intentarlo ya es parte del cambio
CIUDAD MCY- Cada 1° de enero se repite la escena. Un calendario nuevo, una libreta en blanco y una lista de intenciones que, al menos por unos días, parecen inquebrantables.
Hacer ejercicio, comer mejor, ahorrar, dormir más, cumplir sueños postergados. El cambio de año funciona como un botón simbólico de reinicio colectivo, una suerte de permiso social para intentarlo otra vez con entusiasmo renovado y, a veces, con una sonrisa cómplice por saber cómo suele terminar la historia.
Las metas, las promesas y las dietas no son solo decisiones personales: son parte de una tradición contemporánea que mezcla esperanza, humor, culpa y expectativa.
EL ENCANTO DE PROMETERSE ALGO MEJOR
Prometer es un acto profundamente humano. Nos prometemos porque creemos o queremos creer que podemos ser distintos mañana. En Año Nuevo, esa idea se potencia. No se trata solo de cambiar hábitos, sino de imaginar una versión mejorada de nosotros mismos.
Las metas aparecen entonces como faros: bajar de peso, aprender un idioma, dejar un vicio, empezar ese proyecto que lleva años esperando. Algunas nacen de un deseo genuino; otras, de una presión social silenciosa que insiste en que siempre hay algo que corregir.
DIETAS: EL CUERPO COMO PRIMER PASO
Si existiese un ranking de resoluciones de “Año Nuevo», las dietas ocuparían el primer lugar. Enero es el mes de los planes alimenticios, los gimnasios llenos y las fotos motivacionales. Venimos de excesos, celebraciones y mesas largas, y el cuerpo parece pedir tregua.
El problema no es la intención, sino la expectativa. Muchas dietas se plantean como castigos inmediatos, no como procesos sostenibles. Se busca un resultado rápido para compensar semanas o meses de desorden, y el entusiasmo inicial suele enfrentarse con la rutina.
LA MOTIVACIÓN SE ENFRENTA A LA REALIDAD
Las primeras semanas del año son una mezcla de energía y autoexigencia. Todo parece posible: madrugar, correr, planificar, cumplir. Pero la vida con su agenda impredecible pronto se impone.
Ahí aparece el dilema: ¿fracaso o ajuste? Muchas metas no fallan porque sean imposibles, sino porque fueron pensadas sin margen para el error. Nos exigimos constancia absoluta en un mundo que rara vez lo es. Tal vez el problema no sea abandonar, sino el no permitirnos reformular el camino.
MÁS ALLÁ DEL CALENDARIO
El verdadero valor de las metas no está en la fecha en que se plantean, sino en la honestidad con la que se asumen. Año Nuevo ofrece un impulso simbólico, sí, pero no debería ser el único momento permitido para cambiar.
Quizás la clave esté en promesas más amables, dietas menos punitivas y metas que contemplen la vida real. Menos listas rígidas y más decisiones conscientes, sostenidas en el tiempo.
Porque empezar de nuevo no es un evento anual. Es una posibilidad cotidiana.
Al final, metas, promesas y dietas no hablan solo de disciplina, sino de esperanza. Y mientras exista la capacidad de volver a intentarlo con seriedad, humor o ambas, cada año nuevo seguirá siendo una invitación abierta a creer que algo puede mejorar. Aunque sea de a poco.
REINYMAR TOVAR|FOTOS|CORTESÍA

